Bajo la sombra alargada de los padres

La criatura humana es el ser más débil y desvalido de la creación. Su capacidad de supervivencia sin ayuda es nula, y es así durante mucho tiempo. Los seres humanos nacemos prácticamente “a medio hacer”, poseemos un bagaje innato, pero el hombre es en gran medida un fruto de su ambiente, es la cultura lo que nos hace como somos, por eso cada uno de nosotros sería diferente si hubiera crecido en un medio distinto, seríamos sencillamente otra persona.

Esto puede constituir una gran desventaja si el medio en que nace y se desarrolla un niño no es el más adecuado, sobre todo cuando se presenta el caso de que los adultos que han de educarlo no son capaces de darle el amor necesario para desarrollar su carácter convenientemente, ya que el afecto es el requisito indispensable para formar la personalidad de un individuo.

En la literatura encontramos muchos malos padres pululando y muy pocos casos de padres protectores y cariñosos. La famosa Carta al padre de Kafka sigue siendo un modelo de desamparo filial: “Has adquirido a mis ojos el carácter enigmático de los tiranos, cuyo derecho no se basa en la reflexión, sino en su propia persona... Mostrándote apenas una vez al día creabas en mí una impresión tanto más profunda en la medida en que era excepcional... Nunca he podido comprender que fueras tan insensible al sufrimiento y a la vergüenza que podías infligirme a través de tus declaraciones y sentencias... Terrible era, por ejemplo, aquel: Te abriré como a un pescado”.

Henry James se queja con amargura de la educación puritana que le impone un padre severo y distante, más preocupado por la ampliación de su imperio comercial que por cualquier otra cosa. Destinaba un tiempo irrisorio a su numerosa prole, eso sí, les enseñaba las normas presbiterianas de buena conducta. El hijo recordará durante toda su vida aquellos domingos en que le enseñaba a los muchachos “a no jugar, no bailar ni leer libros de cuentos y ni tan sólo estudiar para la clase del lunes”. Para el hijo, el padre es como un Dios intransigente, inaccesible, un hombre indiferente del que más tarde dirá: “No recuerdo que me preguntara nunca qué hacía fuera de casa, acerca de mis amigos o mis resultados escolares”. Según el biógrafo de James, la madre envolvía a toda la familia, incluido al padre, que sólo existía por y para ella. Retrospectivamente, James recuerda “su regazo generosamente abierto y, no obstante, insidiosamente envolvente... Ella era él (su padre) y era cada uno de nosotros”. Veía a sus padres en una relación ambigua e invertida: “Un padre fuerte y viril y al mismo tiempo débil y acomodaticio, y a una madre fuerte y decidida, pero poco razonable e inconsecuente”. El futuro novelista aceptaba la soberanía y la autoridad de la madre, pero no la dependencia de su padre. Ésta dio lugar a un hijo que tendrá pánico de las mujeres y que se abstendrá toda su vida de las relaciones sexuales.

Son muchos los novelistas que evocan la nostalgia del vientre materno. En El sueño del mono loco, Christopher Frank compara los hombres adultos a pequeños Peter Pan que se niegan a crecer. Más explícito todavía, nos habla “del adulto obstinado en querer traspasar una puertecilla por la que podría pasar siendo un niño... Ese orificio (el sexo de la madre) que sólo se atraviesa una vez y que tiene sentido único”. El mismo deseo lo encontramos expresado en el magnífico fresco de Günter Grass, El rodaballo. Los hombres no son más que bebés que sueñan con una madre que tiene tres pechos. “Todos necesitan mamar diariamente, incluso los viejos temblorosos... Al mamar, los hombres se sienten saciados, satisfechos, protegidos. No tienen que decidir... viven exentos de responsabilidades”.

Los más frágiles, los más dolidos, no pueden mantener su masculinidad y luchar contra el deseo nostálgico del seno materno si no es odiando el sexo femenino. Recordemos la repugnancia de Baudelaire: “un odre... lleno de pus”. Un adolescente que hace el amor por primera vez con una profesora mayor que él y que le recuerda a su madre, experimenta la misma repugnancia por el sexo de la mujer: “un conducto tibio y viscoso... ganas de vomitar... se siente como aspirado desde el interior... se siente mal”.

La novela autobiográfica del duro entre los duros Charles Bukowski, Mujeres, alterna escenas de sexo con escenas de vómitos. El autor escupe en ella su odio hacia las mujeres, sus excesos con el alcohol y, al mismo tiempo, su temor de no ser un hombre. Y, después, se aplica la autocrítica antes de ponerse a llorar como un niño. Los mismos comportamientos y angustias las encontramos en varios personajes de Norman Mailer. En Los hombres duros no bailan explora los pliegues más secretos del macho norteamericano (¿de él mismo?), roto ante la tentación del machismo y de la homosexualidad. Alcohólico, amante del intercambio de parejas, el héroe busca desesperadamente una virilidad que se le escapa. Intentando extirpar su homosexualidad latente con una escalada demencial acaba derribado, llorando y totalmente borracho. Entonces reconoce que “gracias a su padre _tan viril en apariencia_ ha perdido los cojones”.

Posiblemente la incompetencia de los padres convirtió a estos y a otros niños traumatizados en excelentes escritores, que encontraron en la literatura el remedio liberador para sus neurosis. Y es que, al final, todo autor termina escribiendo sobre sus obsesiones.

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