La pluma y la espada

Hace un siglo el derecho de réplica a los periodistas consistía en retarles, tan en boga estaba esta práctica que pocos eran los diarios que no guardaban en su redacción un juego de pistolas, una pareja de sables o un par de espadas. En La Correspondencia, por ejemplo, había una sala de esgrima, con sus correspondientes floretes embotados y caretas, donde los periodistas practicaban todos los días bajo la dirección de un profesor francés llamado Dubois. Y los redactores de El Combate, un periódico que llegó a acumular 28 causas criminales y 170 denuncias, escribían con sus armas al alcance de la mano.

El día 1 de enero de 2004 se cumplieron 100 años de la muerte del director del Diario Universal, de Madrid, Augusto Suárez de Figueroa. Fue el último periodista fallecido en España en lance de honor. En Europa, sin embargo, hacía 10 años que los duelos estaban prohibidos. El Abc del 5 de agosto de 1905 recogía una información, procedente de Lieja, dando cuenta de lo aprobado en el Congreso Internacional de la Prensa. Allí se habían suprimido los duelos y se crearon tribunales de honor o de arbitraje para dirimir las diferencias entre periodistas. La información del Abc concluía: “La única representación que ha faltado ha sido la de España”.

En la historia de España hubo duelistas famosos que, por ofender con su pluma, tuvieron que defenderse con la espada. Valle-Inclán quedó manco como resultado de una reyerta que tuvo con un crítico literario. Sufrió una herida leve en la muñeca, pero debido a las malas condiciones higiénicas de la época se le declaró una gangrena y tuvieron que amputarle la mano izquierda. También hubo duelos sonados por cómo discurrieron. El escritor Pedro Antonio de Alarcón, director de El Látigo, de Granada, tuvo que batirse con el periodista Heriberto García de Quevedo. Alarcón no tenía puntería y su contrincante, en cambio, era famoso por su habilidad con la pistola. Alarcón estaba muy nervioso y erró el tiro, entonces su oponente levantó el brazo despacio y apuntó con calma. Alarcón sudaba la gota gorda muerto de miedo y al verlo en tal estado de angustia, García de Quevedo pensó que su venganza estaba consumada, así que desvió su arma y abatió a un gorrión que pasaba por allí.

En aquellos tiempos, como ahora, el periodismo era un oficio peligroso para los informadores independientes.

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