Dear Oscar 3

Dear Oscar:

Desde que descubriste que en tu vida quedaban zonas por explorar y que sólo avanzando por ellas harías cierto el principio aristotélico según el cual la realización propia ha de ser la meta de todo organismo, hasta que tomaste la decisión de seguir los impulsos opuestos a tu vida insatisfactoria, pasaste por una etapa en la que gozabas de la compañía masculina, leyendo en los labios y los ojos de aquellos jóvenes lo que nadie se atrevía a pronunciar.

Un buen día apareció aquel guapo canadiense que estudiaba en Oxford, Robbie, y te sedujeron sus diecisiete años, su aspecto menudo, aniñado y malicioso, y con él conociste el amor de los elegidos. Desde ese momento tuviste que enfrentarte al dilema de tu homosexualidad, que es algo por lo que han tenido que pasar todos los que son como tú, y a no pocos inconvenientes. ¿Verdad, dear?
Pues bien, te sorprenderá saber que hoy, en el mismo Londres que te defenestró por griego, se celebra el Día del Orgullo Gay. Las vueltas que da la vida. Quizás te sorprenda aún más que la Iglesia (la católica), que ha rechazado siempre la discriminación y nos considera a todos (sin excepción) hijos de Dios, condene los comportamientos homosexuales. Quiere a la persona homosexual, pero rechaza sus prácticas. ¿Incongruente, no? La oración es la principal arma para cambiar, pues nadie puede curarte más que Cristo, y mientras se produce el milagro de la curación, lo mejor es la abstinencia.

En 1980 se fundó Courage, un grupo católico que atiende a los homosexuales. Entre sus objetivos está la reorientación, o sea, reciclar a los individuos desviados en heterosexuales, porque la condición gay es una herida, una penitencia, y el Espíritu Santo, con su fuerza, puede lograr el cambio.

No creo yo que aliarse con la cruz mejore la vida de un homosexual ni le reduzca el sufrimiento que comporta ser un estigmatizado, un bicho raro que la mayoría rechaza, vitupera, ridiculiza... Pero ¿qué te voy a decir a ti, dear?, que fuiste a parar a la cárcel por el delito de amar a un hombre.

Sigue durmiendo en tu tumba bajo la atenta vigilancia de tu esfinge, porque, en el fondo, el mundo no ha cambiado tanto como parece.

Hasta otra.

María

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