Camino de la perfección

La búsqueda del perfeccionamiento artístico es un intento heroico por conseguir un dominio absoluto de los materiales, de llevar la obra de arte a un estado de perfección absoluta. El perfeccionismo es un factor positivo del proceso creativo, actúa como un verdadero estímulo para el logro artístico y es uno de los ingredientes esenciales que eleva el arte por encima de la expresión personal. Sin el impulso ligeramente obsesivo e imperioso por sobresalir, a los artistas les falta esa necesidad de hacer alguna cosa completa (en el significado literal de perfecta) que producen todas las auténticas obras de arte.

Así pues, como escritor, ser perfeccionista es una virtud necesaria, incluso una bendición, pues el impulso hacia la perfección es un componente natural del proceso creativo.

Asimismo, más allá de un cierto punto de sana obsesión, el ímpetu por configurar la perfección se convierte en negativo. Intuimos que hemos atravesado la frontera de la persistencia y nos hemos adentrado en la parálisis cuando cualquier palabra o idea, por más frágil que sea, se marchita bajo la mirada reprobadora y criticona de nuestro demoniaco juez y verdugo interiorizado, esa voz insidiosa que nos susurra que lo peor no es que lo escrito no sea lo bastante bueno, sino que resulta horroroso, inútil, ridículo. En este momento, la bendición se convierte en maldición.

Pero el escritor no sólo ha de sufrir una despiadada autocrítica que le empuja a mejorar sin descanso, todavía existe otra crítica que ha de saber encajar: la crítica del público.

Es probable que la crítica ajena produzca uno o dos efectos indeseables: nos hinchará el orgullo si es favorable, o nos desinflará si es desfavorable. Ninguna de estas dos posibilidades es adecuada para la escritura y cada una de ellas nos hará pagar un peaje sobre nuestra obra.

Las reacciones desconcertantes e imprevisibles de los demás comienzan en el preciso instante en que dejamos un manuscrito no publicado a otra persona. En este momento vale la pena tener en cuenta un par de cosas. En primer lugar, hay que pensar que la lectura de un manuscrito es un arte diferente del de la lectura normal, salvo que la persona a quien hayamos enseñado la obra sea un lector experimentado y sensible o un colega escritor, la hoja escrita no tendrá para él la autoridad de la página impresa. Para la mayoría de gente que no pertenece al mundo de las letras, un texto escrito a máquina o a ordenador es un medio de lectura poco habitual, que evoca la idea de aficionado; los lectores tienden a encontrar defectos que no percibirían si la misma obra estuviera publicada en un diario o en forma de libro, es decir, a través de un medio reconocido y respetado. Y a la inversa, para muchos escritores profesionales que se han esforzado impartiendo cursos de escritura creativa, las mismas páginas tienen un aspecto tan poco tentador como un primer premio de un concurso de paellas, han leído demasiados manuscritos.

En segundo lugar, tanto si el lector es un escritor o un amigo, siempre existe una cuestión de gusto. No a todo el mundo le gustan las mismas cosas ni por idénticas razones. Por encima de un cierto nivel de competencia técnica, lo que para unos sería digno de un Shakespeare, para otros resulta ser de una mediocridad ramplona. A unos les agradará aunque sea muy mala, otros la menospreciarán aunque sea muy buena. Ésta es la naturaleza exasperante y evasiva de la crítica.

¿Cómo podemos distinguir las críticas válidas de las que no lo son? Determinar si un juicio sobre nuestra obra tiene algún valor y cómo hemos de actuar en consecuencia _si es que hemos de hacer alguna cosa_ es uno de los trabajos más difíciles de la tarea de escritor. De hecho, es del todo imposible. Tenemos tan poca idea del efecto que causan nuestras obras en los demás como de las impresiones que provoca nuestra propia personalidad. Ante las mil maneras que tenemos de racionalizar la acogida negativa de nuestra obra, existe la posibilidad única y obsesiva, y a menudo más convincente, de que el crítico haya acertado de lleno. Al final, un escritor tiene que fiarse de las convicciones profundas que tiene de su obra.

La ambición nunca es mala siempre que no sea excesiva. Aquel que haya comenzado a escribir redactando el discurso de recepción del Premio Nobel vale más que lo lance a la papelera y se dedique a la nada fácil labor de escribir una palabra detrás de otra, porque los delirios de grandeza no casan con la buena literatura. El escritor que haya concebido un proyecto lleno de ambiciones inmaduras y vanidosas, creará una obra forzada, sin vida, profundamente imperfecta. Es mejor abandonar los proyectos pedantes y abordar la creación con espíritu modesto, centrado y refinado.

Comentarios

  1. Has planteado un asunto complicado, ¿cómo saber si la obra que has escrito es buena? El juicio que prevalece es el subjetivo y así no hay manera de llegar a conclusiones claras.

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  2. El camino de la perfección es siempre una tortura, un cilicio personal que uno se aplica gustoso para ser el mejor aun sabiendo que jamás llegará a serlo.

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