Escher: la geometría hecha arte


“Si supieseis lo que he visto en la oscuridad de la noche... En ocasiones casi me he vuelto loco por culpa de la aflicción que me causa el no poder reproducir lo que veo. En este sentido, cualquier dibujo es un fracaso, ya que no me permite entrever ni tan solo una fracción de lo que pretendía haber descrito”.




Mauritis Cornelius Escher nació Leeuwarden, Holanda, en el año 1898. Estudio en la Escuela de Arquitectura y Diseño Ornamental de Haarlem y viajó por diversos países de Europa, entre ellos Italia, Suiza, Bélgica, Francia, España... Aquí, en una visita a la Alhambra, encontró una de sus mayores fuentes de inspiración, analizó con detenimiento las formas de los mosaicos e hizo un descubrimiento fundamental: la partición periódica de la superficie. De esta manera, formas estrictamente matemáticas se convierten en formas reconocibles del mundo vegetal, animal y humano. Comenzó a construir un universo propio, caracterizado por la geometrización de las formas y de los espacios y su obra se mantuvo al margen de los movimientos y tendencias del siglo XX. Condensó su experiencia en el libro La división regular del plano, en el que explica sus diferentes procedimientos técnicos de partición teórica del espacio. Murió en Baarn, en su país natal, el 27 de marzo de 1972.

La obra gráfica de Escher causa una extraordinaria fascinación en quien la contempla. Con voluntad hiperrealista, sus dibujos se tornan surrealistas como si solo una minuciosidad exhaustiva, la máxima fidelidad, permitiese la emergencia de aspectos escondidos, casi invisibles, pero no por ello menos reales. El país de las maravillas acaba transformándose en realidad. Todo surge de la superficie fragmentada regularmente en formas geométricas y aparecen primero las metamorfosis y la aproximación al infinito, que cautivan al público. Las litografías de Escher atrapan por sus perspectivas llenas de armonía, al crearlas buscó no solo la exclusividad, quería que sus obras se difundieran, que el mayor número de personas compartieran su entusiasmo y su asombro, algo que, evidentemente, logró.

Escher no tuvo discípulos, nunca se le ocurrió, ¿qué podría haberles enseñado? Como mucho, la técnica de cortar la madera y de dibujar sobre el lito. Transmitir sus ideas no tenía sentido y habría puesto freno a su búsqueda permanente. Además, su objetivo era precisamente transmitir sus ideas a través de sus dibujos. No creó una escuela de eschers, pero en todo el mundo hay muchos artistas inspirados en su obra.

Escher es famoso por sus particiones regulares del espacio y sobre todo por las figuras imposibles ¡solo hizo tres! La obra de Escher es muy variada: paisajes, naturalezas, ciudades, pueblos, autorretratos. No se conformó con representar figuras tridimensionales en un trozo de papel bidimensional ni crear una figura imposible de desembrollar. Cuando había pensado una idea –a veces suponía el trabajo de muchos meses- se la mostraba al público en un solo dibujo, y un aspecto característico de su obra es que nunca se repetía. Escher no se contentaba con hacer dibujos bellos o interesantes, también en sus pretensiones era único, su máxima aspiración era “el” dibujo que representaba su idea del modo más perfecto. Perfeccionista obsesivo, en ocasiones vemos varios dibujos del mismo tema, no hay que equivocarse, siempre se trata de mejoras o variantes del mismo dibujo, pues creía que expresaban mejor su idea.

Los críticos no supieron evaluar su obra, no lograron clasificarla, así que la ignoraron. En un principio fueron los matemáticos, cristalógrafos y físicos quienes se interesaron por ella. Sin embargo, cualquier espectador sin prejuicios hallará arte en los dibujos de Escher, cosa que ningún ojo que los interprete a la luz de los conceptos de la Historia del Arte conseguirá. Se considera que el arte es una expresión de sentimientos, toda la obra de Escher está determinada por el entendimiento, tanto en lo que toca a su finalidad, como en lo que respecta a su ejecución, pero Escher sabe contagiar su entusiasmo por sus descubrimientos y comunicarlo con una energía arrebatadora y contagiosa que admira y sorprende.

La predilección de Escher por el contraste blanco y negro tiene su paralelo en el principio dualista que caracteriza su modo de pensar: “Lo bueno no existe sin lo malo, y quien acepta la existencia de Dios, tendrá que concederle al diablo, recíprocamente, un puesto del mismo rango. En esto consiste el equilibrio. Yo vivo de esa dualidad. Sin embargo, no me parece que sea lícito. Los hombres suelen decir cosas tan profundas sobre estas cuestiones; yo no entiendo una sola palabra de lo que dicen. La cosa es en realidad muy simple: negro y blanco, día y noche, el artista gráfico vive de este contraste”.

Era una persona tímida y le resultaba difícil el trato con los desconocidos. Escher no encontraba placer en salidas y diversiones, necesitaba estar solo con su trabajo. Nunca colgó sus dibujos en las paredes de su casa ni en las de su estudio. No soportaba tenerlos a su alrededor. “Lo que hago no es nada especial. No comprendo por qué no lo hace un mayor número de personas. El público no debería sucumbir fascinado ante mis trabajos. A mi juicio, sería mucho más divertido para él si él mismo hiciese algo por su cuenta. Mientras estoy ocupado en una obra en particular, me parece que estoy haciendo la obra más bella del mundo. Si me sale bien, me paso la tarde sentado frente a mi obra, enamorado de ella. Este enamoramiento es mucho mayor que el que me puede inspirar un ser humano. Al día siguiente, sin embargo, vuelvo a ver las cosas con más claridad”.

La obra de Escher debe “leerse” como una bitácora escrita en el transcurso de su viaje de exploración y puede clasificarse en tres temas: 1. La estructura del espacio: paisajes, mundos extraños que se compenetran mutuamente, cuerpos matemáticos. 2. Estructura de la superficie: dibujos de metamorfosis, dibujos de ciclos, aproximaciones al infinito. 3. Proyección del espacio tridimiensional en la superficie plana: los cuadros que tratan el problema de la representación (conflicto entre el espacio y la superficie), los que se ocupan de la perspectiva, los que representan figuras imposibles.

Los dibujos de Escher son un engaño, quien los ve se autoengaña. Todo dibujo es plano, tiene dos dimensiones. Estamos acostumbrados a ver un mundo tridimensional, pero lo que vemos en un cuadro es una superficie plana, creemos ver una forma, nos aventuramos a determinar un volumen, a calcular un peso, cualquier jerarquía de 9 líneas la interpretamos sin más como un cubo, se trata de un autoengaño. ¿Cómo es posible que un campo plano evoque profundidad o altura, además de superficie? ¿Cómo puede algo estar tanto dentro como fuera, ser cóncavo y convexo? Si se mira con sumo cuidado y se penetra en la lógica de la imagen, todo espectador será capaz de hallar la solución. Lo sorprendente es que la solución será siempre puramente virtual: tanto la pregunta como la solución nos mantienen cautivos de la imagen.

En Escher, la sensibilidad por los principios convencionales de la realidad virtual está relacionada de manera estrecha con una profunda conciencia de la dimensión subjetiva de cada percepción, un sentido absurdo del humor y una mirada ambiciosa a la naturaleza y la arquitectura. Sus pensamientos o rompecabezas gráficos juegan a menudo con estos elementos. Los pensamientos gráficos de Escher muestran principios sistemáticos de construcción que poco tienen que ver con las leyes estéticas. Sin embargo, fueron realizados siempre con una pasión casi artesanal. Y están plenos de una emoción especial que pinta las ideas visuales que expresan. Sus mejores imágenes expresan una resolución única, un anhelo por descubrir algo de la verdadera realidad de tiempo y espacio, pero que, al final, nos enfrentan con las limitaciones de nuestros sentidos y, en particular, con los límites de nuestros ojos. Esta interacción única entre una nueva percepción y la limitación, entre un mundo posible y otro imposible, han dado al conjunto de la obra de Escher una presencia personal y única en el panorama de las artes visuales.

El secreto de lo imposible en sus dibujos, lo reveló Escher en una conferencia. “Quien desee describir algo inexistente tiene que seguir ciertas reglas. Estas reglas son, más o menos, las mismas que para los cuentos de hadas. El elemento de lo inescrutable, en el que se desea centrar la atención, tiene que ser rodeado, ser encubierto por una evidencia perfectamente cotidiana, perfectamente reconocible para todos. Este entorno conforme a la naturaleza, aceptable para cualquier espectador superficial, es indispensable para crear la conmoción deseada”.


Escher explora en todos los cuerpos la mutación imposible de sus formas en infinita transformación. Dibuja naturalezas geométricas, geometría en las formas naturales, todo contiene la semilla del misterio porque cualquier cosa está a punto de ser lo que es, porque participa del enigma de las metamorfosis. Con la hábil mano de Escher se viaja a través de la estructuración del espacio, de la proyección de las tres dimensiones sobre una superficie plana y de la representación del infinito. No importa el tema, sino la estructura, la magia conminatoria de las formas.

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