Hemingway, muy personal

Para la mayor parte de los estadounidenses de los años 50, Ernest Hemingway fue el hombre que encarnaba con su vida y con su obra la “auténtica virilidad”. Sus libros de acción y su vida (boxeo, caza, pesca, bebida, la búsqueda permanente de actividades viriles) fueron dos maneras de ilustrar la masculinidad norteamericana.

Consagrando su vida y su trabajo a la leyenda de su propia virilidad “papá” Hemingway, tal como le gustaba que le llamaran desde los veintisiete años, también supo, sin embargo, mostrar su lado trágico. Su depresión crónica, el insomnio, sus complejos de inferioridad, unos celos feroces, su competitividad brutal, la perversa humillación de los amigos... son constantemente visibles al ojo del observador. Cada vez más, la masculinidad “pura” adquiere en él la forma de una auténtica paranoia, de la autodestrucción y del miedo a la muerte, que culminaron en una terrible depresión nerviosa y en el suicidio.

Su biógrafo, Kenneth Lynn, ha insistido mucho sobre el conflicto interior que vivió el escritor, debatido entre la búsqueda de la virilidad exenta de toda femineidad, y el deseo de una pasividad femenina. Se trata de una contradicción neurótica que se manifiesta claramente en su obra póstuma El jardín del Edén, extracto de un interminable manuscrito que el autor escribió durante quince años. En él se expresan sin tapujos sus deseos de una pasividad sexual y sus fantasías transexuales.

Los dos miembros de El jardín del Edén intercambian sus identidades sexuales, Hemingway puede gozar con la confusión de sexos que le envuelve desde la infancia. En 1948 escribe en su diario “Ella (su esposa Mary) siempre ha querido ser un chico... Le encanta que interprete el papel de amiga íntima suya y eso me gusta... Me ha encantado descubrir cómo abraza Mary... totalmente diferente a lo que establecen las normas. La noche del 19 de diciembre nos ocupamos en ello y jamás fui tan feliz”.

Por eso los momentos de abandono son excepción en la vida de Hemingway. Por lo general, convierte ese deseo de identificación femenina en conductas agresivas y humillantes con sus esposas sucesivas y en incesantes acusaciones de esterilidad y de homosexualidad para con otros hombres, ya fueran amigos o enemigos. Finalmente, vencido por esa enfermedad de la masculinidad, el escritor se suicida pegándose un tiro con su fusil. Tal vez podríamos aplicarle la reflexión que hace L. Segal a propósito del suicidio de Mishima: “Su furiosa búsqueda de la masculinidad... le provocó un deseo de purgarse de toda sensibilidad para poder convertirse en un objeto completamente viril, en un hombre pleno (cosa que no era posible hasta el momento de la autodestrucción, el momento de la muerte)”.

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