La libertad del artista

Hoy en día, los escritores que intentamos abrirnos camino en el difícil mundo editorial, vivimos consumidos por un infierno de inseguridades. ¿Qué está de moda? ¿Qué aprecia el editor? ¿Qué se vende?...

Hoy los escritores no somos libres de escribir una coma sin plantearnos éstas y otras cuestiones, al margen de la literatura, que nos tienen prisioneros del mercado y de unos jueces cuyo reglamento podemos infringir, pues no sabemos exactamente cuál es. Porque, ¿qué es la demanda?

Para satisfacer esa demanda enigmática, el escritor intenta ser creativo, hacer algo nuevo, transgresor, pero para inventar algo nuevo hay que renunciar a las reglas de la Retórica, la Estética... y caer en las garras de la efímera vanguardia.

La "demanda" no tiene claro qué demanda y el escritor tiene muy oscuro cómo satisfacerla. Hoy parece que todo esté inventado ya y sólo puedan hacerse variaciones de creaciones anteriores, por eso la gente busca novedades, sorpresas, y el escritor intenta dárselas sin caer en la cuenta de que cuando un artista se propone hacer algo nuevo, no previsto por nadie, acaba haciendo lo más previsto. Mientras, el público está dispuesto a aceptar lo peor hasta que le den algo realmente nuevo.

La verdadera originalidad no consiste en hacer algo que contraríe o provoque a la gente, esto es pura mitología. En literatura y arte, de lo que se trata es de seducir, de convencer, de maravillar y exaltar al público. Si esto se consigue, es lo más.

Las grandes obras son las que ha generado el propio artista con su temperamento y su talento, en soledad, con sus meditaciones, abstrayéndose de todo lo ajeno a la creación y con una modesta confianza en sí mismo y en su quehacer. Así nacieron "El Quijote", "El Decameron"... escritos para la gente y no para la demanda.

El artista, el de hoy, el de siempre, debe entregarse con fanatismo a la creación o nunca será artista. El que calcula lo previsto y lo imprevisto, se somete a la puta demanda y renuncia a la pasión expresiva, no podrá ser nunca original, ya se ha comprometido en la repetición de lo previsto.

Para el pobre escritor que abunda en estos tiempos, es mucho renunciar quedarse con el culo al aire y elegir el yermo como residencia, se le exige triunfar pronto o la siguiente moda le pasará por encima y lo remitirá al olvido.

Hoy, al escritor se le prohíbe partir de cero, hay que empezar triunfando y ganando dinero, aunque en el fondo de su conciencia, el autor experimente una infinita frustración por haber vendido su libertad creativa a cambio de una espuria demanda, a cambio de nada.

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