Leyendo a Sade

La dificultad para apreciar las cualidades estéticas en la obra de Sade proviene no tanto de su "escandaloso" contenido, sino de la imposibilidad de juzgar objetivamente los escritos, desvinculándolos del autor, o mejor dicho, apartándonos de todo lo que implica en nombre de Sade. Como ocurre con otros artistas, la fama de la persona influye en la valoración de su obra, y así el carácter extravagante de Dalí, la persecución y la sentencia de muerte que pesa sobre Salman Rushdie, el comportamiento libertino de Casanova o la sordera de Beethoven pesan en el ánimo del público. En el caso de Sade, se tiende a confundir la biografía del autor con su literatura. Treinta años de prisión, sus cartas, las arengas desde la Bastilla y los escándalos que protagonizó se entremezclan con las orgías de las Jornadas, las desgracias de Justine o las depravaciones de Juliette.

Supongamos que de la vida de Sade supiéramos lo mismo que de la vida del autor del Lazarillo de Tormes, en tal caso, es improbable que su obra se interpretase como biográfica y tal vez fuera considerada imaginaria. Sólo ubicada en el tiempo, el siglo XVIII, gracias al vocabulario y el estilo empleados, la obra de Sade recibiría otras críticas. Leída por un lector sobre el que no influyan condicionantes religiosos, morales u otro tipo de prejuicios, produciría una interpretación distinta, menos teológica y más literaria. "Mi manera de pensar es el fruto de mis reflexiones; está en relación con mi existencia, con mi organización. No tengo el poder de cambiarla; y aunque lo tuviera no lo haría. Esta manera de pensar que censuráis es el único consuelo de mi vida; me alivia de todas las penas en la cárcel, constituye todos mis placeres en el mundo, y me importa más que la vida. La causa de mi desgracia no es mi manera de pensar sino la manera de pensar de los otros". "Sí, reconozco que soy libertino: he concebido todo lo concebible en ese género, pero que duda cabe de que no he hecho todo cuanto he imaginado ni nunca lo haré. Soy un libertino, pero no un criminal o un asesino", dice de sí mismo Donatien-Alphonse-Francois, marqués de Sade.

No todos los que le conocen comparten esta opinión, en 1810 el Ministro Montalviet firma un decreto en el que se considera a Sade poseído por la más peligrosa de todas las locuras; que sus escritos no son menos insensatos que sus palabras y su conducta personal; que dichos peligros son sobre todo inminentes en medio de seres cuya imaginación ya es de por sí débil o extraviada y se ordena que sea alojado en un local completamente aislado de modo que toda comunicación, ya sea con el interior o con el exterior, le sea prohibida, aun contra cualquier pretexto que invocase. "Se tendrá especial cuidado de prohibirle todo uso de lápices, tinta, pluma y papel...".

La virtud y el vicio son caras de la misma moneda, se complementan, la una no existiría sin la otra, Sade lo sabe y crea a Justine, que sigue el camino de la recta virtud, y a su hermana Juliette, que camina por la senda del vicio y a quien favorece la prosperidad. En la Francia de Sade las leyes protegían la virtud y castigaban el vicio, pero lo cierto es que el vicio triunfaba en la práctica y la virtud conducía al abismo a quienes la practicaban. Sade bien pudo escribir una crítica social, un tratado político, una denuncia contra la sociedad hipócrita en la que vivía. Tal vez intentó trastrocar el orden establecido con su deseo de invertir los términos y favorecer el vicio considerándolo una acción legal y no punible. Quizás no haya más intención que la de crear un contrapunto poético haciendo que la virtuosa Justine muera fulminada por un rayo y la pérfida Juliette acabe condenada a vivir en un convento. ¿No será la muerte una liberación, un premio a la virtud, y el convento un castigo más atroz que la misma muerte? Es difícil aventurar una hipótesis plausible por que los razonamientos de Sade no siguen un procedimiento lógico, aunque dé la impresión que sus personajes usan las armas de la filosofía.

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