Los paraísos de Baudelaire

La figura personalísima de Baudelaire provocó las diatribas más terribles en quienes se obstinaban en no querer reconocer que el poeta llevaba el espíritu de una nueva época, que nacía dispuesta a arrollar cuanto de caduco y periclitado quedaba de los tiempos anteriores.
Baudelaire no es, según Anatole France, “el poeta del vicio, sino el poeta del pecado, lo que es bien diferente”. Instigados por estos odios y también por una inconsciente admiración, son numerosísimos los testimonios que arrancan de los días del poeta que nos han transmitido noticias y anécdotas de su vida desgraciada, presentándonos la figura del hombre como la de un atrabiliario, cuando no esquizoide o desequilibrado, que aún perdura en algunas “biografías”.

Baudelaire fue correcto en su trato social, aunque estuvo atormentado por la obsesión del pecado, sediento de ternura; un espíritu puro, inmerso en una sociedad que él detestaba por su corrupción y a la que combatía con la fuerza de la razón o el sarcasmo. Y su poesía viene a ser un canto desgarrado por el horror del pecado, del que habrá de salir la contrición.

“No tuvo la vida que merecía. De esta máxima consoladora, la vida de Baudelaire parece una magnífica ilustración. No merecía, por cierto, aquella madre, aquella perpetua estrechez, aquel consejo de familia, aquella querida avara, ni aquella sífilis”. Dice Jean Paul Sartre.

La suya fue, en verdad, una existencia sujeta a un negro destino, llena de desilusiones y complejidades anímicas, de prematuras extravagancias e indiscreciones, que le trajeron consigo las deudas contraídas y las enfermedades y centraron sus hábitos de inexcusable crápula. Sin embargo, según Mansell Jones, “la verdadera aflicción no era de índole externa: se hallaba en las antinomias que se expresan por sí mismas en la percepción, y que databan de su infancia, pero que se formulaba a la manera de De Quincey, como el horror de la vida y el éxtasis de la vida”.

En uno de sus más bellos sonetos, El Enemigo, Baudelaire retrata su alma en agónica lucha, porque (así lo manifiesta en una nota íntima) “Hay en todo hombre, a todas horas, dos postulaciones simultáneas, la una hacia Dios, la otra hacia Satanás”, como tantas veces descubrimos en sus poemas, de la materia putrefacta sabía obtener un poema brillante de luces misteriosas y alucinante.

“Usted dota al cielo del arte de un no sé qué rayo macabro. Usted crea un estremecimiento nuevo...” Le comentaría Víctor Hugo en una carta que dirige al poeta para agradecerle la dedicatoria de unos versos.

De su obra Las flores del mal el mismo Baudelaire diría: “En este libro atroz yo he puesto todo mi corazón, toda mi ternura, toda mi religión (disfrazada), todo mi odio. Es verdad que podría decir lo contrario, jurando por los dioses que es un libro de arte puro, de imitación del malabarismo; y mentiría como un sacamuelas”. Sí, Baudelaire puso en su libro todo su corazón desilusionado, toda su inteligencia, una ternura traicionada, su religión desesperada y un odio justificado a la sociedad, esto hacía del autor un auténtico poeta nuevo, insólito en aquel momento de la literatura francesa.

Bien sabía que en el mundo del espíritu, como en el de la materia, todo cambia menos el corazón humano, y los sentimientos humanos no habrán de alterarse nunca, aunque sí puedan variar las maneras de reflejar dichos sentimientos, para cuya expresión buscaba una fórmula nueva, aun a sabiendas de que sería transitoria y efímera. Baudelaire nace del Romanticismo y de él lleva el arranque, comienza empleando las mismas fórmulas, el mismo lenguaje, pero es otro el espíritu que anima sus poemas, que apuntan ya nuevas fórmulas, símbolos y metáforas de los que ha de salir el Simbolismo.

Baudelaire consiguió crear una poesía basada en la experiencia de su propia alma, y aun de su propia vida fracasada, despertando la belleza de todo aquello que, hasta entonces, había sido considerado como lo que podríamos calificar la antítesis de la belleza oficial al uso entre los románticos. Crea un idealismo trágico y patético, que es el vértigo de la vida misma, y busca su poesía con el cerebro ardiente, sin importarle ni el cielo ni el infierno, hundiéndose en lo desconocido para hallar lo nuevo; y pagó su “pecado”, porque sólo la muerte, a quien increpó, le habría de traer la gloria, haciendo verdad la frase de Balzac: “La gloria es el sol de los muertos”.

Baudelaire es a Las flores del mal, lo que Virgilio fue a La Eneida, Dante a La Divina Comedia o Fausto a Goethe, que son por antonomasia obras geniales que representan el paradigma cultural de una época, y de estos escritores han de quedar eternamente en penumbra el resto de sus obras, eclipsadas por el fulgor de aquellas obras geniales que sus autores legaron a la humanidad.

El Baudelaire poeta está muy por encima del Baudelaire prosista, del Baudelaire crítico de arte y del Baudelaire traductor. Su obra genial arranca de una época para iniciar otra, viene a delimitar la frontera que, a lo largo de la literatura universal, separa los sucesivos estadios del pensamiento humano.

Las flores del mal, que es un poema completo del pensamiento, la sensibilidad y el fracaso del hombre contemporáneo, no ha de considerarse una miscelánea de poesías, sino la lucha del alma humana en el contradictorio siglo XIX; por tal motivo su elaboración fue lenta. Baudelaire comenzó a componerlo en sus años jóvenes y puede decirse que fue su labor hasta que la muerte apagó su existencia. El libro salió en su primera edición el 25 de junio de 1857. Sobre él escribió una crítica Gustave Bourdin, en Le Figaro, denunciando sus ataques a la moral, hecho que motivó el proceso del autor y del editor y el mandato de retener la edición, lo que produjo un evidente escándalo en el mundo literario que, obviamente, divulgó el nombre del poeta, hasta entonces circunscrito a unas cuantas redacciones de periódicos y revistas literarias más o menos minoritarias.

Las flores del mal viene a ser la confesión lírica de la vida de un hombre, que entreteje su obra y su biografía hasta el punto en que los poemas logran dar testimonio de su existencia. El mismo Baudelaire garantiza este propósito cuando dice: “En este libro atroz he puesto todo mi corazón”. En cuanto a la elaboración arquitectónica de la obra, el poeta quiso organizarlo de manera que siguiera la evolución de su propia vida, distribuyó las piezas en distintos apartados no siguiendo el orden cronológico sino el de afinidad de los temas.

En el primer apartado, con el epígrafe de spleen e ideal, encontramos los poemas de angustia personal en los que el autor se debate en la lucha interior que le atormentó siempre: el bien y el mal. En el segundo apartado, Cuadros parisienses, se logran verdaderos retratos de los tipos y paisajes urbanos de una gran ciudad. En el apartado titulado El vino, se agrupan algunos poemas optimistas o trágicos bajo sus efectos. Bajo el epígrafe Flores del mal, se reúnen los poemas fundamentales del libro, en los que el poeta llega a la plenitud de su temática más entrañable, la de la tristeza de la carne ya sentida en su propia existencia. Con el título Rebelión se agrupan tres poemas desesperados, en los que la desesperanza lleva al poeta a la increpación y a la blasfemia, y que obtuvieron más divulgación por su escándalo que por su auténtico valor poético. El apartado La Muerte termina el libro, que alcanza los momentos de mayor intensidad poética y profundidad filosófica al enfrentarse el poeta con el problema esencial de la vida que es el morir.

Esta realidad experimentada, la sinceridad de su expresión y el nuevo lenguaje empleado en el libro levantó reacciones violentas en la crítica de los contemporáneos del poeta, que despertó, asimismo por sus audacias, fervorosas admiraciones en quienes ya estaban hastiados de los difusos versos y los idealismos tópicos de los románticos, batiéndose ya en retirada.

La gloria de Baudelaire había de fundamentarse en su obra poética y, más concretamente, en su libro primero, Las flores del mal, del que los otros dos sucesivos venían a ser, en cierta manera, subsidiarios. Pero el poeta no era hombre de un solo libro, su talento artístico se derramó en obras diversas de muy variados géneros, hasta desembocar en las crónicas periodísticas, donde la urgencia del asunto (y también la del cobro) requerían una redacción rápida. Como crítico de arte sigue siendo uno de los mejores que ha habido en todos los tiempos, como traductor al francés, indiscutiblemente el primero, así lo atestiguan sus versiones de las obras de Poe.

No se puede pasar por alto el segundo libro que Baudelaire ve editado y el primero en prosa que publica, Los paraísos artificiales. La afición a lo exótico y el deseo de lo desconocido, propio de los poetas románticos, llevó a bastantes de ellos a probar el uso de excitantes que, con mayor eficacia que los vinos, les condujeran a la experimentación de inusitados estados de conciencia, sin advertir que aquellos “excitantes”, como ellos los llamaban, eran el paso a la inconsciencia, cuando no a peores peligros orgánicos. La coincidencia de ir Baudelaire a hospedarse al hotel Pimodan, en 1843, donde actuaba un club de “hachisianos” capitaneados por Théophile Gautier, hizo que el poeta entrara en contacto con estos drogadictos e incluso que participara en sus reuniones. Sobre las experiencias vividas en este club Baudelaire escribe un ensayo con el título de “Del vino y del hachís, comparados como medios de multiplicar la personalidad”. A través de todo el ensayo se desprende la condenación de la ebriedad de estos dos excitantes, causa de la degeneración.

En 1858, en la Revue Contemporaine, Baudelaire publica Del ideal artificial, el hachís, donde ahonda más en el estudio de la droga, ampliando lo ya expuesto en el ensayo precedente. Dos años después y en la misma revista, aparece el ensayo Encantos y torturas de un comedor, el opio. El éxito de estos dos ensayos movió al editor de Las flores del mal a proponer a Baudelaire la recopilación de ambos en un mismo libro que salió de prensa en 1860, con el título de Los paraísos artificiales, dividido en dos partes en las que se aborda sucesivamente el estudio de los efectos del hachís y el opio.

Descontento de todos y descontento de mí, parece la divisa máxima del poeta de la insatisfacción y resume el credo de un hombre en constante conflicto con el mundo exterior, pues para él la verdadera realidad no está más que en los sueños, por eso cuando el sueño se desvanece y ya no puede preservarnos de la realidad, no queda otro recurso que estar siempre ebrio: Todo se resume en esto: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo que os rompe los hombros y os inclina hacia la tierra, es menester embriagarse sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como prefiráis. ¡Pero embriagaros!

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