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Mostrando entradas de junio, 2006

Beckett

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Se ha hecho lo imposible para que elija. Para que tome partido, para que acepte a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o encontrar fea, sin saber por qué.


Cuando se trata de Samuel Beckett, las palabras están de más. Acaba de cumplir cien años, que él mismo consideraría superfluos en su mayoría, y el centenario le pilla en la cresta de la ola. “O en sus alrededores” que diría Krapp. En vida fue el más social de los seres asociales, con la posible excepción de Cioran, otro expatriado en París. Se erigieron en altares humanos de la devoción de millones de romeros desesperados.

“Sólo hay dos momentos que valgan la pena en la escritura, el primero es cuando comienzas y el segundo cuando lo lanzas a la papelera”. El autor de esta frase es probablemente el más comentado del siglo XX, sobre todo comparado con su producción. En sus obras el sol sale porque no tiene alternativa y ni tan siquie…

Orwell en Aragón

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El escritor británico George Orwell decidió viajar a España para cubrir como periodista el levantamiento armado contra la República que se produjo en julio de 1936. Sin embargo, las circunstancias le llevaron a enrolarse en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Fue destinado a la Sierra de Alcubierre, en el frente de Aragón, los primeros días de enero de 1937, y durante tres semanas combatió en Monte Pucero y posteriormente en la posición de Monte Irazo, hasta el 16 de febrero. De aquel gélido invierno recuerda: "Una noche helada hice en mi diario una lista de las prendas que tenía puestas. Llevaba un chaleco grueso y pantalones, una camisa de franela, dos jerséis, una chaqueta de lana, otra de cuero, pantalones de pana, calcetines gruesos, polainas, botas, un pesado capote, una bufanda, guantes forrados y gorro de lana. No obstante, temblaba como una hoja".

“Estuve a punto de desmayarme cuando vi el trasto que me entregaron. Era un máuser alemán fec…

Venus

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Me mira con sus bellos ojos y la miro. Nos miramos. Está tumbada sobre el lecho, reclinada con elegancia en unos almohadones, la placida languidez de su intimidad me invita y la desnudez de su carne blanca es una provocación irresistible. No es la mera imagen de una mujer hermosa, ella es Venus, la diosa del amor. Estará amaneciendo o es el sol del crepúsculo el que se muestra tras el marco de la ventana. Se prepara para recibir al amante o muestra la calma tras la tormenta amorosa. Beldad enigmática, poética narración del erotismo que invita a amarla, a poseerla. Me capturan tus ojos, tu mirada de fuego que excita y esa mano ocupada en los pliegues que oculta el monte que lleva tu dulce nombre: Venus. La contemplo sin cansarme y decido gozar con ella, con ese cuerpo que me hechiza. Si tuviera que escoger a una mujer entre todas las mujeres, te elegiría a ti, a la hetaira de Urbino, a la mujer de Tiziano. Tú y ninguna otra. Desnuda siempre. Despierta siempre. Dispuesta a compartir esa…