Beckett

Se ha hecho lo imposible para que elija. Para que tome partido, para que acepte a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o encontrar fea, sin saber por qué.


Cuando se trata de Samuel Beckett, las palabras están de más. Acaba de cumplir cien años, que él mismo consideraría superfluos en su mayoría, y el centenario le pilla en la cresta de la ola. “O en sus alrededores” que diría Krapp. En vida fue el más social de los seres asociales, con la posible excepción de Cioran, otro expatriado en París. Se erigieron en altares humanos de la devoción de millones de romeros desesperados.

“Sólo hay dos momentos que valgan la pena en la escritura, el primero es cuando comienzas y el segundo cuando lo lanzas a la papelera”. El autor de esta frase es probablemente el más comentado del siglo XX, sobre todo comparado con su producción. En sus obras el sol sale porque no tiene alternativa y ni tan siquiera se atreve a contar los escalones de un tramo de escalera porque ignora si el rellano ha de contabilizarse como uno más. Los escritos de Beckett enmarcan a un hombre de pasividad desapasionada, pero su biografía traiciona el cliché. Fue un consumado deportista, se apuntó a la resistencia para combatir la política nazi contra los judíos y se enfrentó al apartheid sudafricano prohibiendo que sus obras se representaran en teatros segregados. De hecho, montó en Johannesburgo un “Godot” con un reparto íntegramente de color.

Un habitante del siglo XXI puede apreciar la obra de Beckett con el adiestramiento adecuado, pero su personalidad le resultará ininteligible. No estamos acostumbrados a un desprendimiento tan absoluto que ni tan solo se encuadra en el virtuoso, algo que comportaría un reconocimiento. Quienes no dispongan de tiempo para abordar los textos escuetos del irlandés, pueden detenerse un instante en las figuras de su compatriota Francis Bacon. El pintor renegaba de esta comparación, un menosprecio que puede apuntar a una confirmación. Wittgenstein supone otra referencia inevitable a la hora de exprimir la equivalencia entre los problemas filosóficos y lingüísticos.

Estremecedor no es un adjetivo que se cuelgue fácilmente al cuello de Beckett, pero resulta fácil verse embargado por esta emoción al leer el texto desnudo de “Esperando a Godot” sin necesidad de una interpretación teatral. En cuanto a la escenografía, sólo hace falta imaginar un árbol esquelético y una piedra al lado. Al constatar que la obra fundamental del siglo XX refleja la admiración de su autor por Buster Keaton, se advierte el extraño flujo que parte de la cultura popular hacia las formas de expresión más deliberadas y depuradas. Si admitimos esta matriz de celuloide, resulta al menos curiosa la negativa del escritor a trasladar su obra maestra a la pantalla. Peter O’Toole suspiraba por uno de los papeles protagonistas. Con el tiempo, las estrellas de Hollywood desfilarían por el escenario en montajes relevantes. Pensemos en Dustin Hoffman, Murray Abraham o Robin Williams. Sí, Robin Williams.

La ironía del circuito que enlaza a Keaton con Williams, a través de Beckett, no le pasaría desapercibida al autor. Este desajuste toca el sarcasmo en el campo de los escritos académicos beckettianos, un género en sí mismos. De qué sirve la astringencia del dramaturgo si cada palabra se multiplicará por un millón en las facultades de literatura de todo el mundo. Vladimir y Estragón replicarán al dueto quijotesco tres siglos más tarde, pero también a los cómicos de “Hamlet” o a Laurel y Hardy.

Beckett hubiera preferido escrutinios más simples. Propagó la monotonía vital en su dieta y en sus dos caballos. Fue el artista más consecuente, se tuerce un tobillo y se felicita por el incidente: “me desvió el pensamiento de otras enfermedades”, y el último de los grandes que dispuso del lujo del tiempo. Un homenaje secular a su austeridad expresiva puede encontrarse en el intento de libreto que escribió para una ópera. La ópera tenía que durar media hora, pero sólo llegó a escribir una frase en francés: “No tengo ganas de cantar esta noche”.

Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989). Premio Nobel de Literatura 1969.

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