Venus


Me mira con sus bellos ojos y la miro. Nos miramos. Está tumbada sobre el lecho, reclinada con elegancia en unos almohadones, la placida languidez de su intimidad me invita y la desnudez de su carne blanca es una provocación irresistible. No es la mera imagen de una mujer hermosa, ella es Venus, la diosa del amor. Estará amaneciendo o es el sol del crepúsculo el que se muestra tras el marco de la ventana. Se prepara para recibir al amante o muestra la calma tras la tormenta amorosa. Beldad enigmática, poética narración del erotismo que invita a amarla, a poseerla. Me capturan tus ojos, tu mirada de fuego que excita y esa mano ocupada en los pliegues que oculta el monte que lleva tu dulce nombre: Venus. La contemplo sin cansarme y decido gozar con ella, con ese cuerpo que me hechiza. Si tuviera que escoger a una mujer entre todas las mujeres, te elegiría a ti, a la hetaira de Urbino, a la mujer de Tiziano. Tú y ninguna otra. Desnuda siempre. Despierta siempre. Dispuesta a compartir esa noche eterna y atemporal con quien cae cautivo de tu mirada y se rinde al leve roce de tu fuego. Abrazado a tu llama y fascinado por la tentadora gracia de tu piel, me acostaré en tu lecho y encontraré la ruta a la lascivia desvelando el misterio de tus ojos y descifrando el enigma de tus labios... Mientras, el perro duerme.

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