Dadaísmo

En Zurich, muy cerca de donde Lenin tramaba su revolución, un grupo de artistas preparaban otra. Corría 1916 y muchos de estos artistas eran desertores de la Gran Guerra, en la que se desangraba la juventud europea desde hacía años. Había sobre todo alemanes, como Hugo Ball, Richard Huelsenbeck y Harris Arp, y también un poeta rumano, Tristan Tzara. Se reunían en un café que bautizaron como Cabaret Voltaire, en homenaje al corrosivo autor de Cándido, y en una de aquellas reuniones encontraron el nombre para su movimiento.

Según parece, uno de aquellos artistas abrió al azar un diccionario francés-alemán y encontró la palabra “dada”, que en francés designa un caballito de juguete, la manía o el hobby. Pero, tanto da el significado, a ellos les gustó cómo sonaba, una especie de balbuceo elemental que se unía a las ganas de romper con todo: el lenguaje, la lógica, el arte, las convenciones sociales.

PARA HACER UN POEMA DADAÍSTA

Tomad un diario.
Coged unas tijeras.
Escoged en el diario un artículo que tenga la misma longitud
que queréis darle al poema.
Recortad el artículo.
Después recortad con cuidado cada nombre de este artículo
y ponedlos en un saco.
Removed suavemente.
Extraed a continuación cada recorte uno después de otro, copiadlos en el orden exacto en que hayan salido del saco.
El poema estará hecho a vuestra imagen.

-Tristan Tzara-

Ésta es la fórmula para escribir un poema dadaísta, según el manifiesto publicado en 1918 por el poeta rumano, que por entonces ya se había convertido en el líder del grupo. Su revuelta tenía una causa ética, contra la guerra y contra la sociedad burguesa que la originaba, pero adoptaba una forma estética, o antiestética.

En sus happenings de Zurich, los dadaístas, por ejemplo, declamaban poemas sin sentido, dos o tres a la vez, en ocasiones con música de percusión como fondo. Cuanto más se indignaba el público ante lo que consideraba una tomadura de pelo, mejor para los dadaístas. Con esta misma intención exponían “objetos encontrados”, o ready-mades, como si fueran la Monna Lisa, mientras hacían escarnio de la Monna Lisa de Leonardo.

Una vez terminada de Gran Guerra, el espíritu demoledor del dadá se extendió de Zurich hacia las grandes capitales culturales. Max Ernst llevó la buena nueva a Alemania, donde captó a artistas como Helmunt Herzfelde, un maestro del fotomontaje, o Kurt Schwitters. Francis Picabia realizó la conexión con Nueva York, donde también se apuntó Man Ray. Tristan Tzara se fue a París, allí conoció a André Breton, Paul Eluard y Louis Aragon. A partir de 1922 el dadaísmo se desinfló y el surrealismo, liderado por Breton, tomó la bandera de la vanguardia. Pero el espíritu descarado del dadaísmo, su nihilismo burlón, el gusto por lo estrafalario y lo irracional eran una corriente que no se interrumpió entonces.

Los happenings hippies o los conciertos punks son otros posibles brotes del espíritu dadaísta. Hoy, cuando el público parece haberlo visto todo, las rupturas interesan más que a nadie a los técnicos de publicidad, ávidos por convertirlas en un nuevo producto de consumo.

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