Meterme rayas

Aprendí a leer a los cuatro años, es de las cosas que le agradezco a mi madre, que me enseñase a descifrar esos signos negros al pie de la imagen de un cuento troquelado.

Fui precoz, supongo. A los siete años leía a Palacio Valdés, a los ocho topé con Shakespeare, a los diez con Maquiavelo. Recuerdo la cara del bibliotecario cuando le pedí “El Príncipe”. No es un cuento de hadas, me dijo estupefacto. Ya lo sé, le respondí contrariada. ¿Cómo podía dudar de mí? Sabía lo que quería. Leí y leí. Todo cuanto caía ante mis ojos era devorado con fruición. Por malo que fuera el libro, siempre le encontraba algo bueno, siquiera una raya. Y me metí rayas a mansalva, tres, cuatro libros a la semana, leídos simultáneamente, pues mi cerebro hiperactivo es incapaz de concentrarse en un solo argumento y necesita de constante estímulo. A los catorce años descifraba a Descartes, a Ortega. “El discurso” fue un reto, me costó pillarle el qué, seguirle el hilo, pero lo conseguí. Conseguí entender a un hombre que, a fuerza de dudar de todo, se inventa una mentira en la que creer, una pobre victoria resumida en el cogito.

Con el tiempo me hice crítica, bastaban un par de rayas para saber si habría algo de mi interés en las siguientes. Me gustasen o no, me las metía todas. Hasta el diminuto punto final. No llevo la cuenta exacta, pero son ya más de cuatro mil los libros, con todas sus rayas, que me he metido. Y sigo. Sigo leyendo. Sigo buscando. Nada me sacia. Soy adicta a la tinta, a las palabras. Mi mente simbólica se deleita con el sufrimiento del poeta. Mi mente racional halla el gozo en un razonamiento lógico. Mi mente dispersa habita mundos remotos y diversos. Todo se mezcla en mi cabeza perfectamente organizada.

Hay libros vivos, escritos con sangre y lágrimas, para ellos he construido un altar y me rescatan de la realidad siempre que lo necesito. Sus rayas me las inyecto en vena, se mezclan con mis leucocitos y me estimulan las neuronas del alma. Su aliento me conmueve y su sabiduría me hace comprender que me hallo en la vagina del mundo, a punto de ver la luz que irradia el universo.

*Cuadro: L’origine du monde, de Gustave Courbet (1866)


Comentarios

  1. ahhhh la "lecturadicción"
    imposible liberarse de ella
    yo tampoco

    :)

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  2. Se me han contagiado tus ganas de leer.
    Por cierto, ¿de quién es el cuadro? Me suena pero...

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  3. "El origen del mundo" de Courbet.

    P.D. No soy tan listo, sólo he tenido que poner el cursor encima de la imagen, y después googlear para afinar la respuesta...;-)

    Felicidades por su Blog, Sra. Dubón. Le sigo con frecuencia.

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  4. Hola, acabo de leer tu relato en Narrativas, el titulado Lo que soy. Me ha gustado mucho y sobre todo me ha impactado su profundidad.

    Un saludo.

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