Ay, Fernando...

Cae en mis manos una revista en la que aparece su foto reciente, debajo el nombre: Fernando Iwasaki. La observo con detenimiento. ¡Cielo santo! Qué cambiado está. Si hace sólo… No, no hace sólo, hace ya una eternidad, por eso está diferente, mayor. Voy al espejo. ¡Horror! Tenemos la misma cara, la misma edad, la vista cansada de tantas lecturas, las arrugas que la vida ha ido poniendo en nuestro rostro a lo largo de estos años, la sonrisa cínica de los que están de vuelta de muchas cosas.

Empezamos a publicar casi a la par. Él en Cosmopolitan, yo en revistas literarias de segunda división. Por entonces Fernando vivía en Sevilla. ¿Dónde paraba yo? Valencia, Madrid… Quién sabe. Siempre me gustó su estilo, su sentido del humor, tan similar al mío. Leo el artículo, es bueno, muy bueno, y consigue que suelte un par de carcajadas, pero también me arruina el día. Me he puesto nostálgica. He tomado brutal constancia del paso del tiempo, de las vueltas que da la vida. Fernando editaba A Troya, Helena y yo publicaba mis relatos eróticos. Ahora él tiene entera la última página de una revista y aunque yo un día tuve el privilegio de la portada, no es lo mismo.

Siento la necesidad de encender un cigarrillo. Uy, qué chungo. Los monos de nicotina me atacan en casos extremos y hoy tengo ganas de fumar, de escuchar Hotel California y de flagelarme un rato con el recuerdo de aquel alma gemela que dejé marchar. J, ¿sigues disponible?

Un escritor debería tener todos sus colores y todas sus capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente. Pero, ¿cómo? Si te lo preguntabas tú, Truman, que no haré yo, absolutamente sola con mi baraja de naipes, con todos los personajes de mi novela repartidos por el tapete y sin ningún as en la manga.

Estoy atacada. Sería fácil responsabilizarte, Fernando, pero no tienes la culpa de haber pasado por aquí en el peor momento. Llevo un año combatiendo en esta guerra, con un ejército de personajes en la cabeza pugnando por salir. Acumulo recortes de diario, libros de historia, mis sagradas notas, noches en vela maquinando qué hacer, cómo montar el andamiaje de la narración que me permita ver claro el argumento. Porque cada novela es distinta y requiere su propio proceso.

Soy positiva y busco la cara buena del asunto: la genialidad no existe, lo que existe es gente que te considera genial; una vez superado cierto nivel de oficio, cualquier obra literaria puede pasar a la posteridad, y esto es algo que decide el lector; no hay reglas para escribir una obra maestra; todos los que escribimos hemos atravesado cientos de veces por estas fases de desánimo y al final el problema se soluciona solo.

La que has liado, Fernando.

Comentarios

  1. ah! no, no, no
    no hay lugar para el desánimo ni para la melancolía, que tienes mucho trabajo por delante, mucho que escribir.
    :)
    Estoy esperando por tu "Japón versus California" en papel.
    Me apetece, prefiero, leerlo teniéndolo entre mis manos.

    Beso!

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  2. ¿El capitán Wilhelm Wundt sigue dando guerra? Tú puedes con él y con todas las tropas del III Reich.

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