La poesía

La poesía es un complemento, un aderezo, pero no un fin en sí misma: canta al amor, y sin duda lo embellece, pero lo importante es el amor y no la poesía.

Las palabras, las oraciones, las ideas, por sutiles o ingeniosas que sean, los vuelos más locos de la poesía, los sueños más profundos, las visiones más alucinantes, no son sino toscos jeroglíficos cincelados con dolor y pena para conmemorar un acontecimiento que es intransferible. En un mundo ordenado de forma inteligente no habría necesidad de hacer el irracional intento de consignar semejantes milagros. En realidad, carecería de sentido, porque, si los hombres se pararan a pensarlo, ¿quién iba a contentarse con la imitación, cuando lo real estuviese a disposición de cualquiera? ¿Quién iba a desear escuchar a Beethoven, por ejemplo, si pudiese experimentar personalmente las armonías extáticas que Beethoven luchó desesperadamente por registrar? Una gran obra de arte, como lo es un poema de Neruda, no está hecha para ser entendida y sólo puede aceptarse o rechazarse. Si la aceptamos nos vemos revitalizados; si la rechazamos, nos vemos disminuidos.

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