Goethe

Goethe es demasiado amplio para comprenderlo cabalmente, demasiado seguro de sí mismo, incluso arrogante, para quererlo. Frívolo para unos, adusto para otros. Mil caras. Mil máscaras. Las de cualquier artista. Pero Goethe suscita grandes pasiones y grandes fobias, adhesiones y desdén. No es el tipo de escritor que despierta una simpatía íntima con el lector. No es la emoción y el sentimiento lo que hace retornar a sus páginas; Goethe no proporciona libros de cabecera, quizá sí: Las desventuras del joven Werther, pero esta obra la escribió el joven J. W. Goethe, burgués perteneciente a una familia de juristas, en la que latía el ideario reformista. Su rebeldía cautivó a toda una generación. Y aquel joven Goethe murió con su héroe, del mismo pistoletazo. Luego vendría la política, las plantas, los colores, la teoría de las artes, la escenografía, Italia, Schiller, las tertulias… Su obsesión eterna por la belleza, su siempre vivo deseo de acción.

A través de sus escritos, Goethe se revela como un individuo prodigioso, alguien que en su evolución personal refleja los más profundos cambios experimentados por el espíritu europeo en los noventa y dos años que le tocó vivir (1749-1832). Sentimentalismo, cinismo, fatalismo, confiada entrega al destino, apasionamiento, rigidez, mesura… Todas estas facetas se desarrollan mientras Europa pasa de la Revolución a la guerra y de ésta a la Restauración, y un lugar que quería llamarse Alemania siente todas estas conmociones sin abandonar su papel de espectador. Una sólida formación durante su infancia y unas circunstancias personales favorables dieron como fruto a un individuo que vivió mil vidas sin dejar de vivir la suya, algo que siempre genera la envidia de quienes están obligados a inventarse una existencia diferente de la propia.

Merece la pena leer a Goethe, sólo por la dicha de contagiarse de su plenitud.

Anotaciones en el diario de J. W. Goethe sobre una obra de Rembrandt (1831)
En el grabado “El buen samaritano”, se ve en la parte de delante un caballo casi de perfil; un paje lo mantiene junto a la valla. Detrás del caballo, un criado coge en hombros al herido para llevarlo a la casa a la que conduce una escalera comunicada con un balcón. Detrás del umbral se ve al buen samaritano elegantemente vestido, que ya le ha dado algún dinero al posadero y le ha encomendado encarecidamente el cuidado del pobre herido. En el extremo izquierdo, se ve a un joven, con su sombrero adornado por una pluma, que mira asomado a una ventana. A la derecha, sobre un pavimento regular, se ve una fuente de la que una mujer recoge agua.

Esta lámina es una de las más bellas de la obra de Rembrandt; me parece que ha sido grabada con el más extremo cuidado y, a pesar de todo este cuidado, el punzón ha sido usado con desenvoltura.

El viejo bajo el dintel de la puerta ha traído hacia sí la atención del excelente Longhi cuando dice: “No puedo dejar de mencionar la lámina del samaritano, donde Rembrandt ha pintado al buen viejo bajo el dintel de su puerta en una postura que es propia del que tiembla habitualmente, de tal manera que por asociación de los recuerdos parece temblar. Esto no pudo lograrlo, por medio de su arte, ningún otro pintor ni antes, ni después de él”.

Continuemos el comentario sobre esta importante lámina.

Es llamativo que el herido, en lugar de ampararse en el criado que intenta llevárselo de allí, se vuelve penosamente, con las manos arrugadas y la cabeza erguida y parece pedir misericordia al joven del sombrero con la pluma que mira por la ventana más bien con actitud fría y poco interesada que preocupado. Con esta torsión, aquél es doblemente oneroso para el que lo apoya en sus hombros, se ve en la cara de éste que la carga le resulta muy pesada. Por nuestra parte estamos convencidos de que él ha reconocido, asomado a la ventana, al jefe de la partida de bandidos que hace poco le ha robado, y que en ese momento se apodera de él el temor de que está siendo conducido a una guarida de bandidos y que el samaritano está también compinchado para perjudicarle. En fin, se encuentra en un estado desesperado de debilidad e indefensión.

Si contemplamos ahora los rostros de las personas aquí representadas, no se ve la fisonomía del samaritano y sólo un poco del perfil del paje que sostiene el caballo. El criado, agobiado por la carga corporal, muestra una cara de fastidio y esfuerzo y una boca cerrada, el viejo herido muestra la expresión más perfecta de indefensión. Totalmente magnífica, bonancible y digna de confianza es la fisonomía del viejo, en contraste con nuestro jefe de bandidos de la esquina, que expresa unas intenciones ocultas pero decididas.

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