Mi admirado Wilde

Manuscrito de Oscar Wilde

Desde que de niña leí uno de sus cuentos, El príncipe feliz, Oscar Wilde me dejó la impronta de su grandeza humana y literaria. Entonces yo era joven, demasiado joven para apreciar una obra magna, perfecta en concepción y estilo. Serían los años y las posteriores lecturas, los que me fueron ratificando en aquella original percepción acerca de Wilde.

Oscar Wilde, el ferviente partidario del arte por el arte, fue un hombre de mundo. Conoció Roma, Grecia, París, Argel, Estados Unidos... y de sus viajes volvió enriquecido por una mixtura de experiencias y anécdotas, que harían las delicias de sus contertulios en los salones de Londres. Este escritor burgués supo describir con una peculiar pericia a la sociedad victoriana en la que se movía, esa misma sociedad que de adorarle, pasó a destruirlo con una acusación ignominiosa de sodomía, pero ¿a qué insistir en la crueldad con la que fue tratado, si es algo por todos conocido? ¿Para qué recordar dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading, el posterior vagabundeo, el seudónimo "Sebastián Melmoth", el alcohol, la miseria y la muerte en el exilio de París?

Wilde se ponía una bata blanca para escribir y de su pluma salían "El retrato de Dorian Gray", "La importancia de llamarse Ernesto", "El abanico de lady Windermere", "Un marido ideal"... Obras maestras adornadas con un esteticismo inconformista, rebelde y brillante. De entre todas ellas, yo destacaría "De Profundis"; no hay duda de que la producción literaria de Wilde nació de un cerebro agudo e ingenioso, pero "De Profundis" surgió de lo más hondo de su corazón.

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