Confesiones sin máscara

Sin un atisbo de miedo, pudor, represión o vergüenza y con una sinceridad desnuda e impresionante, Yukio Mishima relata los determinantes descubrimientos que acontecen en su adolescencia. La fascinación que ejercen en él los ajustados pantalones azules de un conductor de tranvía, el olor a sudor de los guerreros, las grandes actrices cinematográficas y teatrales que le inducen a imitar sus gestos, las imágenes de mártires en pleno éxtasis de dolor, la ropa de su madre, con la que se contempla ante el espejo… Todo lo más íntimo está ahí, en la novela de un hombre que descubre que tiene pene y que éste se excita ante la belleza y también ante la violencia y la brutalidad masculina. Aún no sabe nada de la vida, pero empieza a descubrirlo todo, a sentirlo todo.

Tratar de sobrevivir, de asimilar que se es diferente de la mayoría y de enfrentarse a la rigidez férrea de lo establecido, produce dolor y desconcierto, la perpetua sensación de querer huir desde la infancia, luego de ocultar la realidad en las palabras, en los sueños, en los disfraces, en lo que existe más allá de la imaginación.

“Lo que veían mis ojos no era un hombre, sino una especie de monstruo espiritual indefinible, odiando, sufriendo, sangrando”. La escritura refleja, en el espejo las contradicciones, los miedos, los anhelos, las frustraciones, la crueldad, la belleza y los deseos. La vida y, siempre presente como una sombra terrible y protectora, la muerte. Y el declive, el exhibicionismo, la fragilidad del creador. Todo está en “Confesiones de una máscara”, una novela desconcertante para el tiempo en que fue escrita: 1949. Una obra valiente, bella y contundente, necesaria para acercarse a una sexualidad perseguida y marginada, para comprenderla y respetarla.

Comentarios

  1. Creo que Javier Marías hace un esbozo de él en su libro Vidas Escritas.

    Me llamó mucho la atención el convencimiento que tenía de cómo iba a morir.

    Era japonés.

    No digo nada más.

    Saludos.

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  2. También yo creo muy necesario el acercarse a esos sentimientos de marginalidad para poder mirar de otro modo a quienes son diferentes de la mayoría. Lo que más nos falla es tener una mirada realmente humana. Besos, querida amiga.

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