Filobiblión

Filobiblión (Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros), escrito en latín por el bibliófilo, obispo de Durham, canciller real y diplomático inglés Ricardo de Bury (1287-1345), es un tratado de amor a los libros, un apasionado elogio a la verdad de la sabiduría que encierran los libros.

Capítulo XVII. De cómo los libros deben tratarse con exquisito cuidado

No solamente cumplimos un deber para con Dios preparando nuevos volúmenes, sino que obedecemos a la obligación de un santo espíritu de piedad cuando tratamos con delicadeza o cuando, colocándolos en sus sitios correspondientes, los conservamos perfectamente, a fin de que se regocijen de su pureza, tanto si se hallan en nuestras manos y, por tanto, a cubierto de todo temor, como cuando se hallan colocados en sus estantes. Ciertamente después de los ornamentos sagrados y de los cálices divinos, son los libros sacros los más dignos de ser tocados respetuosamente por los clérigos, y son injuriados en su dignidad cuando se osa tomarlos con mano sucia. Por eso juzgamos preciso instruir a los estudiantes sobre las negligencias fácilmente evitables y que tanto daño hacen a los libros: en primer lugar, ha de observarse un gran cuidado al abrir y cerrar el volumen, a fin de que, al concluir la lectura, no los rompan por su desconsiderada precipitación; tampoco han de abandonarlos sin abrocharlos debidamente, pues un libro es bien merecedor de más cuidado que un zapato.

En efecto, existe un público estudiantil, generalmente mal educado y que, de no estar retenido por los reglamentos superiores, llegaría incluso a enorgullecerse de su estúpida ignorancia. Obran con descaro, se hinchan orgullosamente, y aunque carecen en absoluto de experiencia, juzgan sobre toda clase de materias con singular aplomo.

Puede que veáis a un joven insensato que pierde su tiempo haciendo que estudia, y es posible que, transido de frío y con la nariz moqueando, no se digne limpiarla con su pañuelo para impedir que el libro que está debajo de ella se manche. ¡Pluguiera a Dios que, en lugar de manuscrito, tuviera debajo un mandil de zapatero! Cuando se cansa de estudiar, para acordarse de la página en la que se quedó, la dobla sin ningún cuidado. O se le ocurre también señalar con su sucia uña un pasaje que le divirtió. O llena el libro de pajas para recordar los capítulos interesantes. Estas pajas, que no puede digerir el libro y que nadie se ocupa de retirar, van rompiendo las junturas del libro y acaban por pudrirse dentro del volumen. Tampoco les parece vergonzoso el comer o beber encima del libro abierto, y, no teniendo a mano ningún mendigo, dejan los restos de su comida en las páginas del códice. El estudiante no cesa de parlotear con sus camaradas, y mientras les aduce una serie de vacías razones filosóficas, riega con su salivilla el libro abierto en sus rodillas, y, ¡qué más queréis! ¡Qué más puede hacer la negligencia estúpida en perjuicio del libro!...

Pero cuando cesa la lluvia y las flores aparecen sobre la tierra, anunciando la primavera, nuestro estudiante de marras, más menospreciador que observador de los libros, llena su volumen de violetas, rosas y hojas verdes; utiliza sus manos sudorosas y húmedas para pasar las páginas; toca con sus guantes sucios el blanco pergamino y recorre las líneas con un dedo índice recubierto de viejo cuero. Y si entonces siente malestar a causa de la picadura de una pulga, arroja violentamente el libro sagrado, que permanecerá abierto, cuando menos, por espacio de un mes, llenándose de polvo de tal manera, que luego ya no puede cerrarse.

Hay también gentecillas despreocupadas a quienes se debería prohibir expresamente el manejo de los libros, ya que, apenas han aprendido a hacer letras de adorno, comienzan a glosar los magníficos volúmenes que caen en sus manos; alrededor de sus márgenes se ve un monstruoso alfabeto y mil frivolidades que han acudido a su imaginación y que su cínico pincel tiene la avilantez de reproducir. Aquí un latinismo, allá un sofisma, acullá algunos ignorantes escribanos, dan muestra de la aptitud de su pluma, y así, muy frecuentemente los más hermosos manuscritos pierden su valor y utilidad.

Hay igualmente ciertos ladrones que mutilan desconsideradamente los libros, y para escribir sus cartas recortan los márgenes de las hojas, no dejando más que el texto, o bien arrancan las hojas finales del libro para su uso o abuso particulares: este género de sacrílego debería estar prohibido bajo pena de anatema. En fin, conviene al decoro de los estudiantes lavarse las manos cuantas veces salgan del refectorio, con el objeto de que sus dedos grasientos no puedan ensuciar los broches del libro ni las hojas que se vean obligados a pasar. Además, ha de impedirse que el niño llorón vea las miniaturas de las letras capitales para que no manche el pergamino con sus manos húmedas, pues siente el impulso de tocar en seguida lo que ve.

Finalmente, los laicos, que miran con indiferencia un libro vuelto del revés, como si ésta fuera su posición natural, son indignos de tratar con libros.

Otras indicaciones pueden hacerse a los clérigos cubiertos de ceniza y oliendo a puchero, para que tengan cuidado de no tocar los libros sin lavarse previamente; sólo el limpio puede ejercer su ministerio entre libros.

La limpieza de las manos interesa tanto a los libros como a los estudiantes, pues no parece sino que las manos sarnosas y cubiertas de pústulas fuesen un estigma propio de la clerecía. Cada vez que se note un defecto en el libro, es preciso remediarlo con presteza, pues nada es tan propenso a adquirir mayores proporciones como un desgarro, y una rotura que se abandona por negligencia, más tarde no se puede reparar sin hacer considerables gastos.

En cuanto a los armarios bien fabricados, donde pueden guardarse los libros con toda seguridad sin que les amenace ningún contratiempo, el dulcísimo Moisés nos habla de ello en el Deuteronomio (cap. XXXI): “Tomad este libro y ponedlo al lado del Arca de la Alianza del Señor nuestro Dios”. ¡Oh lugar delicioso y conveniente en sumo grado para una biblioteca! Pues esta Arca se hizo de madera incorruptible de Setim, y recubierta de oro por todas partes. Pero el Salvador prohíbe también con el ejemplo toda negligencia que pueda perjudicar a los libros en su manejo, como nos refiere San Lucas en el capítulo VI de su Evangelio. Y, en efecto, cuando Jesús hubo leído el libro que se le ofrecía con las palabras proféticas que sobre él se habían escrito, no lo devolvió al ministro sino después de haberlo cerrado. Por este comportamiento, los estudiantes deben tener presente el cuidado exquisito que se debe a los libros y también deben considerar que en ningún caso debe descuidarse su manejo.

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