Un lobo estepario

“Soy un poeta, un buscador y un confesor comprometido con la verdad y la sinceridad. Tengo una misión, por mucho que ésta sea pequeña y restringida: ayudar a otros buscadores a entender y soportar el mundo, aunque sólo sea para que sepan que no están solos”. Hermann Hesse.

Hermann Hesse es un escritor singular y carismático, una rara avis en el panorama literario del siglo XX. Idealista, rebelde, fantasioso, siempre inconformista y combativo, alzó su voz honesta y sensible para conectar con espíritus libres deseosos de alzar el vuelo. Nació en una pequeña ciudad alemana en 1877 y a los trece años de edad decidió ser “poeta o nada”, su aversión hacia todo el mundo académico le llevó a estudiar como autodidacta literatura universal, filosofía, historia del arte y varias lenguas. Sus padres, unos misioneros un tanto fanáticos y extremadamente moralistas, se horrorizaron ante esta decisión e intentaron disuadirle. “Huye de la musa febril como si fuera una serpiente; ella es la que se desliza en el paraíso y cierto día te ofrecerá el veneno a través del paraíso del amor y la poesía”, le escribió su madre tras la publicación de su obra “Una hora después de medianoche”, pero él consiguió su propósito y vivió para escribir. La pintura también sería su pasión y se han dedicado exposiciones a su obra pictórica en todo el mundo. “La pequeña paleta repleta de colores puros y luminosos que se entremezclan era mi consuelo, mi arsenal, mi devocionario y el cañón con el que disparaba después de muerto. Con ella he hecho magia más de mil veces, y he ganado mi lucha contra la estúpida realidad”, diría el autor en su obra “El último verano de Klinsor”, con importante base autobiográfica.

Durante la I Guerra Mundial, Hesse se afincó en la Suiza neutral. Años más tarde fue duramente criticado por no condenar explícitamente el régimen nacionalsocialista y Hesse quedó bajo sospecha a los ojos de buena parte de la emigración alemana en el exilio suizo, pese a las críticas y los reproches, no abandonó su postura independiente: “Antes ser apaleado por un fascista que convertirme en fascista. Antes ser apaleado por un comunista que convertirme en comunista”, manifestó.

“Bajo las ruedas”, “Demian”, “Siddhartha”, “El juego de los abalorios”, “Narciso y Godmundo”. “El lobo estepario”, “Lectura para minutos”… La academia sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1946 y desde ese momento Hesse sufrió el acoso de miles de admiradores y periodistas que deseaban conocerle. Personas de toda índole recurrían a él buscando consejo o remedio a sus problemas existenciales y se convirtió en el gurú involuntario de una Europa que renacía después de la guerra. Durante los últimos quince años de su vida dedicó una buena parte de su tiempo a responder a los montones de cartas que le enviaban cada día, llegó a recibir más de 30.000, muchas de las cuales se conservan en la Biblioteca de Berna. Cuando le hallaron muerto, en 1962, abrazaba un ejemplar de las Confesiones de San Agustín, y junto a la cama había dejado el poema en el que trabajaba:

Crujido de una rama quebrada

Rama en astillas quebrada
colgando año tras año,
seca cruje su canción al viento,
sin hojas, sin corteza,
raída, amarillenta, para una larga vida,
para una larga muerte fatigada.
Duro suena y tenaz su canto,
suena obstinado, suena secretamente amedrentado.
Todavía un verano,
Todavía un invierno más.
Hermann Hesse recibió algunas cartas que le culpaban del suicidio de jóvenes cuya muerte estaba presuntamente motivada por la lectura de su novela “El lobo estepario”. Pienso que resulta excesivo acusar a una novela o a su autor de la íntima y drástica decisión de quitarse la vida, pero también admito que las palabras de Hesse fascinan y atraen. Dibuja cuadros con concisión creando ambientes mágicos y retrata con maestría personajes reveladores que no dejan indiferente a nadie. Sabe describir como pocos los estados emocionales que todos hemos experimentado alguna vez y provoca intensas identificaciones.

A los dieciséis años leí “Siddhartha”, la historia del hijo de un brahmán que abandona la casa paterna para encontrar la liberación y la verdad a través del autodescubrimiento. La obra me causó una profunda impresión: “Siddhartha tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegrías ni penas. Deseaba morirse para alejarse de sí mismo, para no ser él, para encontrar la tranquilidad en el corazón vacío, para permanecer abierto al milagro a través de los pensamientos despersonalizados: ése era su objetivo. Cuando todo el yo se encontrase vencido y muerto, cuando se callasen todos los vicios y todos los impulsos en su corazón, entonces tendría que despertar lo último, lo más íntimo del ser, lo que ya no es el yo, sino el gran secreto”. La novela ejerció en mí una poderosa influencia, ayuné durante quince días para alcanzar la meta de los ascetas, de los enjutos samanas, “hasta que mi alma regresó; había muerto, se había descompuesto, se había convertido en polvo…, había probado la triste borrachera del ciclo y aguardaba una sed nueva”. Luego, al igual que Siddhartha, comprendí que “había luchado inútilmente contra ese yo y me lancé al mundo después de soportar años monstruosos para morir y resucitar más tarde alegre y en paz”. Admito que de la mano de Siddhartha llegué a la meta, a una de las metas. Aprendí a ser maestra de mí misma, a tener un criterio personal y alejarme de los métodos tradicionales de aprendizaje en los que nos enseñan qué debemos hacer, lo que debemos o no pensar, cómo sentir, de qué manera hemos de reaccionar. Aprendí a no dejarme adoctrinar, a ser libre y a seguir aprendiendo.

Tiempo después, la lectura de “Demian” me sacudió por dentro y tuve la extraña sensación de que Max Demian se parecía tanto a mí que yo era él. “Aquel hombre era poderoso e infundía temor. Tenía una señal… Se dijo que los hombres marcados con aquella señal eran sospechosos e inquietantes, y así sucedía, en efecto. Los hombres valerosos y de carácter han inquietado siempre a las demás gentes. Resultaba, pues, harto incómodo que existiese una raza de hombres sin miedo e inquietantes, y se le colgó un sobrenombre y una fábula para vengarse de ella y para justificarse un poco del miedo sufrido…” Me reconocí en esos individuos que portan la marca de Caín en la frente, que son diferentes, no porque considere que pertenezco al linaje de los elegidos, sino porque busco la comprensión de lo que me rodea con espíritu inquieto. “La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede”. En esa búsqueda hallé al dios: Abraxas, el dios que aúna lo divino y lo demoníaco, y calaron en mí las palabras del organista Pistorius: “El impulso que le hace a usted volar es nuestro patrimonio humano, que todos poseemos. Es el sentimiento de unión con las raíces de toda fuerza. Pero pronto nos asalta el miedo. ¡Es tan peligroso! Por eso la mayoría renuncia gustosamente a volar y prefiere caminar de la mano de los preceptos legales o por la acera. Usted, no. Usted sigue volando, como debe ser”.

De “El lobo estepario” recuerdo que no me agradó su estructura, quizás porque la novela rompe con el estilo característico de las anteriores obras. La acción discurre dispersa entre ambientes sórdidos. Harry Haller, el protagonista, es un cincuentón solitario, misterioso y huraño, no se le conoce ninguna ocupación y su personalidad dual oscila entre el hombre y el lobo, condenado a vagar solo por la árida estepa y a resolver los conflictos de su alma relativizando todas las cosas mediante el humor, que empieza por reírse de uno mismo: “Tiene usted poquísimo talento, querido y estúpido amigo; pero aun así, poco a poco, habrá ido comprendiendo lo que se exige de usted. Ha de hacerse cargo del humorismo de la vida, del humor patibulario de esta vida”, le manifiesta Mozart al protagonista en el juicio que le condena a la vida eterna después de haber matado por amor. Pero “El lobo estepario” es, básicamente, la historia de un superviviente que sale de una profunda crisis y alcanza la salvación. Todavía no he llegado a esa etapa, pero puede que con el tiempo me convierta en un lobo solitario cuya única presa es él mismo y parta tras el rastro de Harry/Hesse hacia la liberación definitiva. Mozart me estará esperando.

Comentarios

  1. Le leí con fruición en una ya alejada etapa de mi vida.
    Como ahora tus comentarios sobre su obra y la influencia que obró en ti.
    He disfrutado muchísimo de este post, María. Por los recuerdos que me evoca y por lo que me permite conocer de ti.
    Que sea un fin de semana feliz.
    Un beso

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  2. Magnífico, solo acierto a decir esto. Yo también sucumbí a Hesse y recordarlo ahora con la intensidad que provocan sus palabras, me ha devuelto a un pasado preñado de dudas y miedos, sobre los que Hesse también arrojó alguna luz.

    Un admirado saludo.

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  3. Plas, plas, plas. Sólo puedo aplaudir este trabajo excelente. Felicidades, María.

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