El peor libro que he leído

Antes de abrir el libro, que el diablo me guarde de mencionar el título y el nombre de su perpetrador, ya me desagradó. La portada es un alarde de mal gusto y peor diseño y la contracubierta causa asombro, por no decir irritación, con ese engañoso inventario que apoya la promoción del artefacto.

Dentro de las tapas, verdades de Perogrullo pintadas de trascendencia irrelevante. Culturismo crítico. Pretendida osadía en un producto pretendidamente moderno y transgresor. Increíble torpeza y falta de sensibilidad. Divagaciones y desvaríos de un intelectualoide mediocre, sin sostén ni orientación, sin solvencia narrativa ni originalidad. Un bodrio catedralicio.

Tocado por la divinidad para iluminar a los hombres con la clarividencia de sus ideas, así se ve el escribidor. Pero el lector debe realizar un enorme esfuerzo para no morirse de vergüenza ajena ante el patetismo del genio incomprendido y rebelde.

El autor, convencido de su grandeza literaria y de que su obra merece figurar en los estantes de todas las bibliotecas públicas y privadas, casi me obligó a comprar un ejemplar y me pidió una crítica de su aburrido rosario de circunstancias personales y sin interés alguno. Esperaba mis adjetivos laudatorios a su invención de un nuevo estilo de escritura: el chapucista, pero me sentí decepcionada y estafada por esos juegos verbales artificiosos y que se han repetido mil veces. Aburrida hasta el más hondo sopor, me salté páginas y aceleré el final leyendo lo imprescindible para convertir mi tedio en explicaciones sensatas, neutras e impersonales que me permitieran salir del paso sin bajarle del pedestal adonde él mismo se había encaramado. Lo hice por pura compasión.

Qué ahorro de papel el día en que una ley obligue a los escritores a ser buenos en su oficio. Ese día, un bosque de árboles rozagantes y asustados se salvará de la sierra, con el consiguiente entusiasmo de los ecologistas y de los amantes de la literatura.

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