El fiasco literario

En estos tiempos de literatura hecha por neófitos, profesionales o advenedizos, de concesiones a un culturalismo simplón o sentimentalismos, de descalabros, de títulos deplorables, a una se le erizan los vellos cuando conoce la cantidad de ejemplares vendidos de ciertos libros.

No hay nada malo en que de un libro se vendan muchos ejemplares, pero es triste que, por lo general y con honrosas salvedades, los bets-sellers tengan poca o nula calidad artística. No anatematizaré con mi crítica a esas circunstancias que hacen posible tamaño desatino, pero es que me duele que me estafen, que me presenten una novela exitosa en ventas bajo la aureola de la mejor literatura.

Esta lamentable situación es fruto de un marketing que destina su ahínco a halagar al lector poco avezado dándole gato por liebre, ofreciéndole una obra de entretenimiento barnizada de trascendencia cultural. Y es que en la Literatura no existe engaño posible, por más veterano, por más experto que sea un autor, si le falta motivación, si su historia no nace de una vivencia profunda, su narración no será otra cosa que un mero ejercicio estético. También será malo el caso contrario, porque de nada sirve la pasión, la voluntad de comunicar, si el mensaje no se sustenta hábilmente en instrumentos expresivos y estilísticos que hagan factible la comunicación.

Supongo que algunos escritores inexpertos caen en la ingenuidad de pensar que basta con escribir claro sobre un tema que a ellos les ha conmovido para ganarse al lector, y quiero creer que con el tiempo y con los fracasos descubrirán por sí solos que para transmitir esa emoción que late en su interior, antes se debe conseguir crear un clima que obligue al lector a continuar leyendo ávido hasta el punto final.

No existen leyes que rijan la Literatura, cada teórico, cada crítico, cada autor tendrá sus puntos de vista, subjetivos, obviamente, porque la Literatura es Arte, y el arte lo es porque nos hace vibrar por dentro. Todos guardamos en la memoria el recuerdo de aquellas lecturas que nos impresionaron; el tiempo pasa y la mente olvida, pero algunas narraciones perviven por la honda huella que dejaron en nosotros. No fue la temática lo que nos atrajo, cualquier tema es interesante debidamente tratado; no es por los personajes, incluso un escarabajo nos atrapa cuando está descrito por Kafka; es por ese algo inexplicable que estalla cuando leemos, nos arranca de la realidad y nos hace disfrutar de un momento de magia.

A mí me produce desazón ese lector desorientado, infeliz y poco cultivado, que compra libros horrendos convencido de haber adquirido una de las obras cumbres de la cultura mundial. Entender algo de Literatura no cuesta mucho, a poca vida interior que se tenga, uno sabe distinguir lo que le gusta; no importa si nuestro gusto es “bueno”, lo relevante es que es “nuestro”, y el gusto, cuando está educado, nos guía, nos hace exigentes, selectivos e impide que nos traguemos cualquier cosa, por publicitada y recomendable que nos la hagan parecer.

El lector es el último peldaño del proceso creativo, el que certifica el éxito o el fracaso del ciclo, y se merece el máximo respeto de todas las partes implicadas en la elaboración de un libro. No es ético seducirlo con la publicidad engañosa que magnifica un producto defectuoso en aras de intereses comerciales, no se le puede defraudar con una historia ramplona, vacía de contenido y estilo. Es digno de lo mejor.

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