El otro holocausto



Todo empezó en 30 de enero de 1923, cuando Paul von Hindenburg, presidente de la República de Weimar, designó a Hitler como canciller.

El 4 de febrero, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado acogotó la libertad de prensa y marcó las pautas para confiscar cualquier material que fuera considerado peligroso. Un día después, las sedes de los partidos comunistas sufrieron salvajes ataques y se destruyeron sus bibliotecas. El día 27, el Reichstag (Parlamento alemán) ardió y junto a él todos sus archivos. El 28 se legitimaron medidas excepcionales: restricción de las libertades de reunión, prensa y opinión. Luego, los acontecimientos se precipitaron.

El 26 de marzo empezó la quema de libros y el día 8 de abril, Goebbels, ministro de Instrucción Pública y de Propaganda, envió una circular a las organizaciones estudiantiles nazis en la que se proponía la destrucción de las obras consideradas como peligrosas.

Pero todo empezó el 5 de mayo. Los estudiantes de la universidad de Colonia fueron a la biblioteca para seleccionar todos los libros de autores judíos, luego los quemaron. A partir de aquí se desató una euforia contagiosa que convirtió en cenizas miles de libros: Berlín, Bonn, Bremen, Dresden, Frankfurt, Hannover, Kiel, München, Nürenberg, Worms… Las juventudes hitlerianas y los estudiantes, animados por Goebbels, no pararon de destruir obras por toda Alemania y más tarde por los territorios ocupados.

El impacto de la quema de libros fue impresionante. Sigmund Freud le comentó a un periodista que aquellas hogueras eran un avance en la historia de la humanidad: “En la Edad Media ellos me habrían quemado. Ahora se contentan con quemar mis libros”. En Nueva York varios grupos de intelectuales se manifestaron en contra de estas medidas. La revista Newsweek calificó los actos como “un holocausto de libros” y la revista Time empleó la palabra “bibliocausto”.

Se calcula que se incineraron las obras de más de 5.500 autores. Los principales textos de principios del siglo XX alemán ardieron y los libros judíos se consideraron “enemigos del pueblo” y se prohibieron, incluso los propietarios de estas colecciones acabaron deportados. La GESTAPO convirtió en pasta de papel cientos de obras para editar sus folletos propagandísticos y sus revistas. En Polonia, la gran biblioteca talmúdica del Seminario Teológico Judío de Lublín albergaba tal cantidad de obras que el fuego tardó veinte horas en consumirla.

La lista de autores censurados por los nazis es enorme: Henri Barbusse, Bertolt Brecht, Albert Einstein, Sigmund Freud, Heinrich Heine, Ernst Hemingway, Franz Kafka, Vladimir Ilich Lenin, Jack London, Thomas Mann, Karl Marx, Robert Musil, Marcel Proust, Erich Maria Remarque, Émile Zola y un largo etcétera fueron vetados o eliminados. No existe una cifra exacta de los millones de libros reducidos a cenizas, sólo en Polonia se calcula una cantidad de 1.650.000 libros.

Se da la paradoja de que Hitler era un lector voraz, un bibliófilo empedernido preocupado por las ediciones antiguas, admirador de Shopenhauer y de Ernst Schertel, en la obra de éste último Magie: Geschichte, Theori, Praxis escribió una anotación que dice mucho: “Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco nunca dará nacimiento a un nuevo mundo”. ¿Cómo pudo absolver a Goebbels con un: “Cree en lo que hace”?

Aunque, si hemos de ser justos, no sólo Hitler hizo una pira con la memoria y el patrimonio cultural de la humanidad, los bombardeos de los aliados consiguieron eliminar también cientos de miles de libros con sus ataques selectivos a universidades y bibliotecas.

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