La alegría de escribir

Parte de la alegría que produce escribir proviene de la satisfacción de la obra bien hecha, de la conciencia de estar llevando a cabo un trabajo: la literatura, que nunca puede dejarse en manos de la irreflexión, la aventura, la inspiración, el estado de gracia, el ánimo del momento o el dudoso talento. Es la reflexión, la práctica, la lectura, la organización, el trabajo, la existencia de un proyecto y un punto de mira, la labor artesana y la pasión del alma puestos al servicio de una causa: vivir en la literatura, literaturizar la vida.

Borrar los límites, difuminar reglas, esquivar restricciones, sentirse heredero y deudor de las palabras de otro, formar parte de esa estirpe castigada por la misma plaga: el “síndrome de Alonso Quijano”, emplear cualquier recurso, hacerse acompañar por las almas solitarias que habitan en los pliegues de la realidad y por los fantasmas que se han soñado, vivir, sentir, intuir, imaginar, escuchar, estar atento a todo, exprimirse las vísceras y de lo sentido hacer literatura... Éstas y algunas más son las obligaciones del escritor.

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