A vueltas con la poesía

Cada vez está más extendida la idea de que escribir poesía es inútil, que ya no le interesa a nadie. Si esto es así, obliga a los poetas a realizar una reflexión urgente sobre su trabajo: ¿es ameno, cercano al lector y de calidad? Viendo a la cantidad de público que atraen las exposiciones de arte contemporáneo y las expresiones artísticas de la vanguardia cabe preguntarse: ¿dónde han fallado los poetas? Porque no han sido los lectores los que han fallado. Parte del problema que relega a la poesía al minoritarismo es que no se ha sabido comprender que el mundo ya no es literario, sino audiovisual; predominan los iconos. Así que hay que ganarle la partida a los medios audiovisuales usando sus métodos. Si la poesía resistió el paso a lo escrito, superará el paso a lo visual.

Para eso es imprescindible que los poetas hablen el lenguaje del lector. ¿Qué estudiante de bachillerato conecta hoy con los versos de Garcilaso, de Espronceda o de Juan Ramón? A la mayoría les aburren mortalmente. La poesía se ha estancado y urge una renovación positiva. Porque al poeta joven, salvo contadas excepciones, no le importa la obra en sí, el silencio creador, el estudio tranquilo de los clásicos de todas las tradiciones, no sólo la castellana. Al poeta auténtico le obsesiona pulir, no publicar, no confunde la antología con la ontología, el estar con el ser, no busca salir en los medios, sino salir de sí, reniega de las fotos, de las publicaciones inmediatas, de los premios, de los bolos, se niega a calzar dos poemas decentes en un maremagno insostenible.

Los premios literarios, los limpios, son una alternativa para la poesía, al dar a conocer la obra de nuevos talentos, permiten su pervivencia. Las editoriales se han rendido a las modas y pocas incluyen en sus catálogos hallazgos interesantes, se limitan a ser meros impresores al dejar que los jurados decidan la selección de una buena parte de los libros que publican. Y es que una editorial es, hoy más que nunca, un negocio. Tampoco la crítica ayuda, se ha quedado anticuada y no conoce las referencias de la nueva poesía.

En los últimos quince o veinte años el ensayo ha desaparecido como género y, al paso que va, la poesía corre el riesgo de desaparecer si no se le aplican remedios de urgencia que pasan por fascinar al lector, por dar oportunidades a poetas desconocidos y con talento creativo y porque la crítica influyente actualice sus anacrónicos conceptos artísticos y preste atención a esas nuevas voces que intentan hacerse escuchar.

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