Mi deseo

Siempre que me puse a escribir lo hice con voluntad de estilo, con el empeño de construir con una depuradísima técnica narrativa y un exquisito cuidado del lenguaje, con la esperanza de conseguir textos sublimes. Pero tengo la sensación de que mis ambiciones se tuercen y varían su rumbo hasta llegar a la isla de la mediocridad, algo que me hace sufrir mucho. Me siento frustrada, impotente ante ese juez que sentencia y condena, y luego asumo con naturalidad el fracaso. Acéptalo, me digo, no tienes casta de narrador, ni de poeta ni siquiera de infame escribidor. ¿Cómo podría transformar mis escritos en auténtica literatura? Cada aventura fascinante que emprendo me obliga a enfrentarme a mis miedos más profundos, porque ese tirano que llevo dentro me grita con claridad meridiana que uso las palabras de forma torticera, que le debo sumisión al lenguaje y que en mis obras ha de palpitar la emoción. ¿Será que mi amor por la literatura, como todas las historias de amor verdaderas, están abocadas al fracaso?

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