El fracaso del éxito


Hace unos años ocurrió aquello que yo tanto anhelaba: llegó mi momento de “éxito”. Mi obra literaria obtuvo el reconocimiento público. Recibí dos premios de poesía; quedé finalista en un certamen de novela corta; se editó una de mis novelas, hice su presentación y firmé ejemplares; llegué a colaborar en más de ochenta revistas de todo el mundo; una universidad escogió mi ensayo sobre Bécquer como tema de estudio para sus alumnos; recibí el cariño de mis lectores, que me colmaban de elogios y se mostraban ansiosos por conocer mis obras… Me hundí.

Creo que fue Fred Mercury quien dijo que el éxito se digiere peor que el fracaso. En mi caso fue cierto. Cualquiera que se reconozca humano es capaz de asumir sus limitaciones y está preparado para admitir que ha fracasado, que ha metido las cuatro patas y está de barro hasta el cuello. Pero cuando llega el triunfo, cualquiera que sea, la presión que ejerce puede llegar a ser tremenda. Uno siente la obligación de comportarse como los demás esperan que lo haga y nace entonces la tensión de satisfacer expectativas ajenas, que lleva al punto de estar más pendiente de los críticos, de la respuesta del público y del éxito que de uno mismo.

Me sentaba a escribir pensando qué esperarían de mí los lectores, sus alabanzas habían colocado mi cota de perfección en la estratosfera y no quería defraudarles. Mi iniciativa se desplazó buscando contentar a los demás y robándome la libertad. Me convertí en esclava de un público desconocido que esperaba de mi intelecto obras brillantes. Me equivocaba. El éxito tiene una cara perversa, es un tirano que nos obliga a ser fieles al papel que nos hemos arrogado y a representarlo del modo que más aplausos nos gane.

Enseguida comprendí que no debía renunciar a la libertad. ¡Libertad! Libertad para actuar según mi criterio, resistiendo la tentación de sucumbir al halago y sin renunciar jamás a la literatura. Nunca me faltaron la constancia, el afán de superación, las ganas de esforzarme y la chispa de ilusión necesarios. Así que seguí el camino de mis prístinas aspiraciones: escribir bien. Adopté como lema la frase de Wilde: Un verdadero artista no tiene nunca en cuenta al público. El público, para él, carece de existencia, y volví a escribir con espontaneidad, fiel a mi instinto e intentando crear algo que valiera la pena.

Envuelto en éxito puedes parecer alguien sin ser nadie. Las prisas del editor y la opinión de los lectores matan la creatividad y por eso hay que dejarlos al margen si de verdad se pretende hacer literatura. Pocos entienden que la obra es sólo del artista hasta que éste la presenta al mundo, entonces, si se ha logrado dotarla de vida, emprenderá su propia existencia y los lectores la harán suya, reinterpretándola y añadiéndole nuevos matices.

Ahora trabajo con todo el entusiasmo y abnegación de que soy capaz. No espero que se me retribuya ni se me agradezca por lo que hago, estoy poseída por la idea de llegar a ser escritora.


* Imagen: Francine Van Hove


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