No es oro todo lo que reluce

Esto de pertenecer al mundo de las letras, sobre todo en clase de periodistas, se figuran algunos literatos incipientes que es cosa lucrativa, fácil, ilustre y descansada. Hay ilusos que definen la profesión y sus consecuencias en esta forma: -se cogen unas cuartillas, una pluma, y una idea, aunque sea por los cabellos ésta última- y con estos tres ingredientes se produce un precipitado modernista, o de cualquiera otra tendencia –lo de la tendencia es muy esencial- y ya tenemos un artículo cuyo importe, desde siete cincuenta para arriba, puede cubrir los gastos de otro “artículo de primera necesidad”; aumentando la dosis de nuestra producción a medida de las necesidades cotidianas resolvemos el problema de la vida con impuesto de inquilinato, inclusive.

Luego se nos dará, por añadidura, un carnet de libre circulación para ferrocarriles, tranvías, coches de punto, bicicletas, automóviles y demás vehículos de pago incluso los vapores correos a las Antillas, un pase para teatros, salones, plazas de toros, cines y otros espectáculos recreativos con derecho a elegir la localidad y opción a una puerta de salida en caso de incendio, conato de ídem o grito criminal de alarma, una invitación para el Congreso en día de sesión borrascosa; una flor natural en cualquier certamen provinciano; una docena diaria de libros nuevos con dedicatorias sensacionales y amén de otras muchas gangas por el estilo; una importancia personal que recorre toda la gama de epítetos, y un derecho indiscutible a codearse con toda la gente de pro, española y extranjera; a meterse uno donde nadie le llama, y contar a los lectores con una delectación sublime, “los sueños, los amoríos, las luchas y demás pueriles intimidades del cronista en cuestión”.

Esta resplandeciente medalla, tiene, futuros colegas, un reverso, que no reluce, aunque la alhaja os parezca de oro. Porque resulta que los capítulos de amor, decepciones y otros achaques privados del debutante, no se pagan en ninguna empresa periodística, y como el egoísmo suele ser la fuente de inspiración de casi todos los novatos en literatura, los ingredientes “idea, pluma y cuartillas”, sufren una alteración sensible.

Pero aun suponiendo que un asunto cotizable discretamente aliñado, produzca el fruto de las siete cincuenta, no aparecen por ninguna parte los carnets para circular, las invitaciones para divertirse con puerta de escape, ni otra alguna de las ventajas que se han imaginado y que pasan a la categoría de ilusión, mientras el pobre periodista tiene que estarse quedo, trabajar firme, ocultarnos graciosamente su psicología amorosa, sus desengaños y sus cuitas caseras, y poner a remojo sus ambiciones para hacerse rico con la pluma, dándose una vueltecita por la Puerta del Sol para oír estos curiosos pregones:

-¡Las mejores poesías de Espronceda, a cinco céntimos, a cincooo!

-¡Los bonitos poemas de Campoamor, una perra chica!

¡Bueno está el negocio, compañeros!


Concha Espina de Serna

28 de enero de 1913

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