Tarde de domingo

Ella se queda tirada en la cama. Con la sensación de haber sido usada. Una vez más. Se considera un receptáculo de su semen. Un agujero. Un par de tetas. Nada. Fuera de la cama es poco más. Cocinera. Fregona. Florero. Mujer estatua.

Él conecta el televisor. El programa de fútbol con los resultados de los partidos es más interesante que su compañía. Se ha ido sin un gesto amable, sin una palabra. Siente el vacío helado que se instala sobre las sábanas y la arropa. Le gustaría llorar, pero el orgullo se lo impide. Le gustaría irse, escapar de ese submundo negro, pero no puede. Fuera de los muros de su piso, al otro lado de la alambrada, están la libertad y el miedo. Otro tipo de soledad.

Él vuelve, le da un beso rápido en la espalda desnuda, quiere comer y la anima a que se levante y prepare la comida. Le acerca la bata y las zapatillas con una sonrisa de hiena y ella obedece solícita. No va a contrariarle.

Le preparará su plato favorito, le servirá el vino que tanto le gusta, el postre goloso que le apetece. Preparará la mesa mientras él sigue el torneo de tenis y comerá en silencio para no importunarle con sus sandeces de mujer ansiosa de afecto. Luego, él se acostará un rato para descansar de la tele y del sofá.

Ella recogerá la cocina, se vestirá y se maquillará. Se pintará una sonrisa en los labios y una alegría en los ojos y aguardará paciente a que él se levante. En silencio, sin hacer ruido. Ya ni sueña. Se acurruca arrugada en el sillón y espera una hora, dos. Esperará lo que haga falta. Teme pensar. Teme soñar. Por eso desde hace tiempo ni piensa ni sueña. Solo sobrevive en su pequeño planeta, respirando esa atmósfera densa y fétida que tanto le duele.

La puerta del dormitorio se abre. Ella sonríe y él no la mira. Vuelve al sofá y consulta en la tele los encuentros de fútbol programados para esa tarde. No saldrán, lo intuye primero, lo sabe después. Cuando le pide que le traiga una cerveza, sabe que no se moverán de casa. Ella va al baño y se desmaquilla despacio. Se borra la alegría y la sonrisa. Se borra incluso la esperanza. Guarda el vestido en el armario y repara en la gota que moja la solapa del cuello. La tela absorberá esa lágrima y no quedará ni rastro de su tragedia.

Siente la soledad como un zarpazo en el alma. Un alma que se desangra en silencio, sin estridencias.

¡Gol! La realidad implacable acecha.

25 de noviembre Día Internacional contra la Violencia de Género.