¿Dudas que dudo?

Para un escéptico su doctrina es la duda y yo, dada mi condición, dudo mucho, muchísimo.

Como escritora soy autodidacta y transito frecuentemente por este camino, lo que no significa que carezca de maestros. El conocimiento se puede adquirir en todas partes, no necesariamente en un aula. Además, pienso que un escritor se define a través de sus maestros, por eso en mis obras están muchos de los autores a los que considero como tales. A otros les reconozco un mérito objetivo, sin embargo, no forman parte de mi profesorado. Es lo que me ocurre, por ejemplo, con Borges o Cervantes, grandes escritores en lengua castellana con los que no sintonizo porque no pensamos en la misma frecuencia. Pierre Louÿs, Kafka, Wilde o Quevedo, sí. Ellos son algunos de mis maestros.

Intento ser honesta con el lector y también conmigo misma en mis limitaciones. Por eso surge el conflicto creativo y dudo. Me falta fe en mí. No es difícil creer en cualquier ente que se halle fuera, Jesús, Buda, los elfos o Elvis… No les conoces. Sin embargo, de mí lo sé casi todo. Sé por qué, cómo, cuándo, cuánto, dónde fallo. Pese a todo, un escritor está obligado a creer en sí mismo, con una fe rara y la certeza absoluta de sus carencias. Quizá sea en las dudas donde consigo encontrar la fe para hacer bien mi trabajo.

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