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Mostrando entradas de octubre, 2012

Sola

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Descalza, desarmada, caminando sobre la tierra fresca, suspendida en el tiempo, disfrutando el paisaje. Sola igual que tú. Sola igual que todos. Mimetizándome con el entorno, aspirando aromas, contemplando la vida, el agua mansa que fluye. Escucho rumores de fondo, el latido del mundo. Quedan atrás heridas, preguntas. Sola e insólitamente viva.

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Somos gente de paso. Apenas vivimos un instante en el corazón de los que nos quieren. Por eso una foto se convierte en el recuerdo de ese segundo que brillamos antes de convertirnos en polvo de estrellas.

El hombre del traje azul

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Sentada en un tren. Vuelvo a una casa que no sé si es la mía o un reducto de fantasmas. La mente alborotada por pensamientos dispares detiene su carrera cuando veo subir al hombre del traje azul. Se sienta casi frente a mí. Debe tener unos ochenta años. Le miro. Me mira. Nos miramos. La fugacidad de nuestras miradas esconde timidez o miedo. Me atrae. No puedo dejar de observarle sin que se dé cuenta. Pulcro. Correcto. Educado. Sus gafas me recuerdan a otras… Empiezo a ver a mi padre en aquel hombre sereno de gesto bondadoso. Poco a poco, la convivencia del viaje silencioso nos acerca. Nos permite mirarnos con más confianza. Siento algo especial. Ganas de llorar. De hablarle. De abrazarle. De refugiarme en él. Si fuera mi padre le diría todo lo que nunca podré decirle. Percibo algo intangible, una niebla invisible que avanza y nos acerca. Nos sonreímos con gesto amable, cómplice. A la memoria vuelven momentos deseados por compartir, anhelos irrealizables. Sueños. Realidad. El tren se de…

El beso y La Gradiva

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“¡Carne y hueso! ¡Miseria, podredumbre!... Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas, hirviente como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de brisa del mar para mi mente calurosa, beber hielo y besar nieve..., nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol..., una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura”.El beso, Gustavo Adolfo Bécquer.
El Beso de Bécquer(1863) y La Gradiva de Jensen (1903), constituyen representativos ejemplos de la misoginia romántica con la que la literatura encarnaba a la mujer: lánguida, evanescente, virginal, mística… Una idealización del deseo masculino. A…