El amante, de Marguerite Duras

“Nunca he escrito, creyendo hacerlo; nunca he amado, creyendo amar; nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada”. M. Duras.
 
Marguerite Duras (Saigón 1914, París 1996) escribió El amante, una obra de belleza brutal e hiriente sensibilidad, cuando tenía 70 años. Acababa de sufrir una profunda crisis psíquica debido al alcohol. En el texto nos sumerge en su propia vida, en sí misma. Recuerda su juventud tras la niebla difuminada que la separa de Indochina, de aquellos años tristes, hermosos, dramáticos… en los que la vida acontecía extraña y compleja, llena de novedades. El padre muerto, una madre ausente y frustrada, un hermano violento, otro al que querer, la tierra ahogada de lluvia y de lágrimas… Unos zapatos de lamé dorado, un sombrero de ala plana… La presencia de aquel chino de la limusina, el apartamento en Cholen, el sexo o el amor, quizás ambas cosas, trastocarían para siempre su existencia.
El amante es un libro que se lee y se relee, que deja un poso en el ánimo del lector, ganas de más. Duras nos lo ha dado todo en cada renglón, nos ha desnudado su alma con cada palabra. Pero aun así, nos deja insatisfechos porque nos ha arrancado de la realidad y nos ha arrastrado hasta su mundo, hemos vivido en él, con ella. Hemos sentido la atmósfera de sensualidad y ternura, de brutalidad mansa, que se respira en la aislada habitación. Hemos estado ahí, con los amantes, como voyeurs compulsivos, sin poder sustraernos del magnetismo de cada escena relatada con frases breves y contundentes.
El final de la historia es sublime. De esos que se recuerdan, porque solo puede dejar inmune a alguien que sea de plástico. A los demás, nos conmueve esa conversación telefónica que pone punto final a la historia o punto y seguido a un amor, a ese amor que todos deseamos eterno.
 “Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. El dijo: solo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz, de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Sabía que había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte”.

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