Gajes del oficio

He recibido un correo con una sorprendente demanda. La remitente me pide que le explique algo relacionado con el oficio de escritor. No entiende que, desde que empezó a escribir una novela, su marido se encierre durante horas en una habitación y prefiera el ordenador a la compañía de su familia. Pretende que yo le aclare si a todos los que escribimos nos ocurre lo mismo, si es normal. Sus palabras me suenan tan conocidas…, mi pareja me las ha repetido cientos de veces. No sé cómo lo llevan otros, cómo logran compaginar su vida con la actividad creativa, pero, por lo que conozco, no hay grandes diferencias.
 
Hace muchos, muchísimos años, en un bar ubicado en las callejuelas que hay detrás de la catedral de la Seo, en Zaragoza, nos reuníamos un grupo de artistas: un par de pintores, una fotógrafa, un músico… Aquellos encuentros tenían la finalidad terapéutica de permitirnos “llorar” nuestras desdichas en una ambiente de cálida complicidad. A todos nos alentaba la misma ilusión: dar a conocer nuestra obra. Todos padecíamos similares miedos, idénticos abusos: galeristas avaros, editores sin escrúpulos, rechazos inexplicables… Al principio, nos cortábamos bastante, procurábamos que la tertulia fluyera sin interrupciones, hasta que un día, la pintora no pudo más, sacó del bolso un pincel fino, una libreta y un botecito de pintura, mojó el pincel en el vino que tenía delante y se puso a hacer un esbozo. Aquello sentó un precedente, sabíamos que cuando la inspiración llega, la sigues o la pierdes irremediablemente, hay que aprovechar el momento, y desde entonces, en mitad de una charla, nadie vacilaba antes de sacar sus instrumentos de trabajo, aislarse del grupo y dedicarse a lo suyo. Ni que decir tiene que las reuniones se volvieron más fructíferas. Una palabra podía hacer saltar el manantial de la imaginación y había que acudir presto a recogerlo, nos retroalimentábamos con las ideas de los demás.
 
Recuerdo con nostalgia aquellos incipientes “éxitos”. La exposición del pintor en un salón de la CAI nos hizo sentirnos orgullosos, pues todos habíamos contribuido a nuestra manera en aquel resultado. Nadie más había visto aquel lienzo mientras fue unas líneas sueltas y descabaladas. Nosotros habíamos asistido a la germinación de la primigenia idea. Era una sensación hermosa verlo colgado en una sala de exposiciones, admirado por el público. También recuerdo las tardes de desaliento, cuando el pintor recibió un ultimátum de su esposa: o la pintura o la familia, y él tenía que decidir entre suicidarse dejando los pinceles o suicidarse dedicándose en exclusiva a la familia.
 
Creo que nadie que lo viva desde fuera está en condiciones de entender cuánto absorbe cualquier tarea creativa, las horas de dedicación que exige, las renuncias que impone. Se necesita un espacio, aislado del mundo, para transformar las sensaciones y las emociones en algo tangible: una fotografía, un óleo, un relato… Dejar al resto del mundo fuera de nuestra guarida, es el requisito imprescindible para crear, por eso “molestan” la pareja, los hijos, los amigos, el trabajo… Cualquier cosa que no esté relacionada con la creación sobra, estorba en esos momentos a solas con la musa. Sabemos que esperamos mucho de esas personas que nos rodean y que no entienden que nos neguemos a sus requerimientos para abandonar el cado y salir a cenar o ir al cine. Cada vez que cedemos a sus demandas, les traicionamos y nos traicionamos, aunque estemos junto a ellos, no estamos con ellos. Así que necesitamos de una gran comprensión por parte de nuestro entorno: la creación es incompatible con la vida.

Comentarios