Pinceladas de vida


El puente de Mantes, Corot, 1860-1870. Museo del Louvre, París.
El sol se pone tras el horizonte. ¡Zas! Lanza su último rayo; un mar de oro y púrpura recorta las nubes. ¡Ya está! Desapareció. ¿Empieza el crepúsculo! ¡Qué bello! El cielo es ahora color limón, suave, pálido, vaporoso; el último reflejo del sol se pierde en el azul oscuro de la noche; los verdes fluyen hasta el turquesa, los campos pierden sus colores; los árboles se agrupan en masas grises y marrones; las aguas oscuras reflejan los tonos suaves del cielo. Todo se va ocultando, pero todo sigue ahí, vago, confuso. La naturaleza se adormece. El aire de la noche suspira entre las hojas; las aves rezan la oración de la tarde. Carta de Corot a Graham.
Los artistas jóvenes suelen fijarse en los detalles, esforzarse por reflejar los efectos microscópicos, por plasmar cada hoja, tallo y rama. El saber dibujar con cuidado el detalle es cosa necesaria, pero el gran artista ha de olvidar cómo se dibuja antes de poder hacer un gran cuadro, al igual que todo escritor de peso ha de olvidarse de la gramática antes de poder escribir algo notable.
Fragmento de Corot, pinceladas de vida, Elbert Hubbard.

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