Rousseau y Corot

Henri Julien-Félix Rousseau - Selva con tigre y cazadores.
Los dos hombres que la opinión pública siempre señala como los más importantes en el género del paisaje son Rousseau y Corot. Ante semejantes artistas, solo caben la reserva y el respeto. Rousseau hace un trabajo duro, lleno de artimañas y arrepentimientos. Pocos hombres han amado más sinceramente la luz y la han plasmado mejor. Sin embargo, resulta a menudo difícil captar el perfil general de las formas: el vapor luminoso, centelleante, desdibuja la carcasa de los seres. Rousseau siempre me ha deslumbrado pero también me ha cansado alguna que otra vez. Además suele cometer ese famoso error que nace del amor ciego por la naturaleza, y solo por la naturaleza, que consiste en acabar confundiendo el boceto con la composición acabada. Un pantano espejeante, rebosante de vegetación húmeda y tachada de incrustaciones de luz, un tronco rugoso, una casa de campo con techumbre florida o un pequeño rincón de naturaleza se convierten en fascinados ojos en una imagen suficiente y perfecta. Pero todo el encanto que logra poner en esos trozos de la naturaleza no basta para compensar la falta de composición.
Si Rousseau, pintor a menudo incompleto, pero siempre inquieto y palpitante, parece un hombre que, atormentado por varios demonios, no sabe a cual atender, a Corot, que es su perfecta antítesis, le suele faltar el diablo en el cuerpo. Por torpe, e incluso injusta, que sea esta expresión, la he elegido porque explica por aproximación el motivo por el que el artista sabio no acaba de deslumbrar y asombrar. Sorprende poco a poco, es cierto, encanta lentamente, pero hay que saber penetrar su ciencia, pues nada hay que parpadee, solo rigurosa e inefable armonía. Además, y es de los pocos, tal vez el único, que ha mantenido un profundo sentido de la composición, que respeta la proporción de cada detalle en el conjunto y que, si cabe comparar la composición de un paisaje con la estructura de un ser humano, siempre sabe dónde colocar cada hueso y siempre en su justo tamaño. Se percibe, se adivina que Corot dibuja con trazos sueltos y amplios, único modo de atrapar con rapidez una gran cantidad de materiales valiosos. Si alguien ha sabido preservar en la escuela francesa moderna el impertinente y tenaz amor por el detalle es Corot. Hemos oído reprocharle a este eminente artista su color un poco demasiado suave y su luz casi crepuscular. Parece que para él toda la luz que inunda el mundo está en todas partes rebajada a uno o pocos tonos. Su mirada, sutil y juiciosa, tiende a abarcar cuanto confirma la armonía antes que aquello que recalque el contraste. Pero, suponiendo que no haya demasiada injusticia en este reproche, hay que señalar que nuestras exposiciones de pintura no propician el lucimiento de los buenos cuadros, sobre todo de aquellos concebidos y ejecutados con sabiduría y moderación. El sonido de una voz clara, pero discreta y armoniosa, se pierde en una reunión de gritos ensordecedores o rimbombantes, y los Veronés más luminosos parecerían grises y pálidos rodeados de algunos cuadros modernos, más chillones que los pañuelos de pueblo. Fragmento de Le Salon de 1859, Charles Baudelaire.
Jean-Baptiste-Camille Corot - A la orilla del río.
 

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