Visita inoportuna


Estábamos en la cama, amartelados tras el acto amoroso, entiéndase sexo salvaje, y sonó el timbre de la puerta. Fingimos no haberlo escuchado y seguimos a lo nuestro, susurrándonos tiernas palabras de amor: “Me vuelves loco, flaca”. “Chato, tienes unas manos divinas”. El timbre volvió a insistir, a persistir y a interrumpir.
 
Él cogió su camiseta para taparse unas vergüenzas de las que no tenía por qué avergonzarse y, malhumorado, fue a abrir la puerta. “Hola, mira soy de la asociación tal y vengo pidiendo una ayuda a los que quieran colaborar. Tu donación puede sacar de un apuro a mucha gente que lo necesita”. “Joer, tía. Me pillas en mal momento. Acabo de salir del talego, estoy en el paro y tengo lo justo para comprarme una china. Si quieres, puedo hacerte una paja. Gratis, ¿eh? Todo sea por la causa”.
 
Escuché el ruido de sus tacones corriendo escaleras abajo y a él partirse de risa. “Serás cabrón”, le dije. Y volvimos a lo nuestro.

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