Belleza sublime


En los inicios del siglo XIX, cuando el dominio napoleónico se extendía al territorio italiano, Henri-Marie Beyle visitó Florencia y se enamoró perdidamente de la ciudad, quedó cautivado por la densidad de su belleza; por su esplendor, logrado gracia a mecenas y artistas…
 
“…allí a la derecha de la puerta está la tumba de Miguel ángel, un poco más allá, la de Alfieri, por Antonio Canova, diviso a continuación la tumba de Maquiavelo, y enfrente reposa Galileo. Mi emoción es tan profunda que roza la piedad. Sentado en un reclinatorio, con la cabeza hacia atrás para poder mirar al techo, Las Sibilas me proporcionan seguramente el placer más intenso que me haya dado nunca la pintura. Estaba ya en una especie de éxtasis, porque la idea de estar en Florencia y por la proximidad de los grandes nombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba. Había llegado a este punto de emoción en que convergen las sensaciones celestes provocadas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Al salir de la Basílica de la Santa Croce, el corazón me palpitaba con fuerza, eso que en Berlín llaman nervios, la vida se había agobiado en mí, caminaba con miedo a derrumbarme…” Son palabras del artículo Roma, Nápoles, Florencia, que Henri-Marie Beyle publicó con el seudónimo de Stendhal.
En 1989, la doctora Graciella Magherini, profesora de la Universidad y jefe del servicio de Salud Mental del hospital Santa María Nuova de Florencia, se sirvió de esta descripción para describir un cuadro clínico que veía a menudo en su consulta de psiquiatría y que ella denominó “La síndrome di Stendhal” en un libro homónimo.

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