Sinatra

Como cada mañana, la voz de Sinatra me saca del sueño y, arrastrada por su melodía, llego a la cocina. Me preparo un café bien cargado para acabar de despertarme de una mala noche y me siento en la mesa. Mientras degusto con fruición el aromático y amargo brebaje, Sinatra pone música de fondo a mis elucubraciones. El hombre que duerme en mi cama se ha ganado a pulso un pasaporte al destierro, una estancia infinita en el olvido.
Sinatra canta ajeno a mi debate interior, el timbre de su voz me suena hoy más agudo, algo desafinado. Acabo de tomarme el café y rebusco en el armario donde guardo los productos de limpieza. No sé por cuál decantarme. El lavavajillas hará demasiada espuma. El olor del desinfectante prevalecerá. El color del friegasuelos interferirá demasiado… Sinatra sigue con su concierto mientras prenso el matacucarachas con el polvo tostado y fragante en la cafetera.
Sinatra eleva el tono por encima de mis pensamientos. Me está poniendo nerviosa, cada vez más histérica. Repite una y otra vez su sonsonete chirriante que martillea mi cerebro. Perdido el control de mis actos, abro la portezuela. Sinatra intenta zafarse, pero no tiene escapatoria, agoniza en el suelo de la jaula cuando desde el dormitorio me llega su voz: Cariño, ¿puedes traerme un café? Me apetece desayunar en la cama. Ya voy, mi amor. Lo estoy preparando.

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