Miseria en la literatura

“La situación solo ha cambiado de nombres: casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante”, lamentó el escritor mexicano José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes en 2010.
 
En los últimos tres años, la industria editorial española ha dejado de ganar casi 400 millones de euros. Desde hace cinco años, cada temporada se acumula una pérdida del 20%. Pongamos un ejemplo gráfico: de un libro que se venda a 18 euros, el autor percibe poco más de un euro. De un galardón con premio de 100.000 euros, descontados los impuestos y el pago a los agentes, quedan unos 20.000 euros. Si un escritor de nivel medio, es decir, ni J. K. Rowling, ni alguien que se autoedita, vendía hasta ahora más de 7.000 ejemplares y menos de 30.000, hoy uno de estos escritores alcanza a vender, con suerte, 8.000 ejemplares. Como tampoco se pagan grandes anticipos a cuenta de las ventas, la realidad del escritor queda clara, ¿no?
A este panorama, añádanse los datos del último informe de hábitos de lectura y compra de libros, realizado por el Ministerio de Cultura en 2011: el 38,6% de la población española declara no leer libros y únicamente el 41,3% de la población lectora de libros lee solo durante su tiempo libre. Desolador.
Antes, un escritor en España podía comer de lo que escribía si sumaba a la literatura su participación en charlas, artículos de prensa, conferencias… Añadiendo extras conseguía mantenerse, llevar una vida modesta. Hoy la situación es crítica. El sector editorial está formado en su mayor parte por un conjunto de pequeñas y medianas empresas, solo el 27,8% de las editoriales pertenecen a grupos empresariales. Por eso se necesitan con urgencia medidas legislativas y fiscales que permitan la supervivencia del gremio y, muy en especial, del autor, pieza clave en esta industria.
Todo se desmorona. Pocos serán los escritores que se permitan vivir de sus libros, volveremos a la penuria, a tener un trabajo manducatorio, que asegure la supervivencia, para poder escribir en los ratos libres. Si no eres Ken Follet o Federico Moccia, no eres rentable para una editorial, ya no te quieren. La cultura está más en peligro que nunca y los derechos del escritor depreciados. Para colmo de males, las páginas de descargas ilegales proliferan sin que se hayan establecido unas normas legales que regulen el mercado de venta de libros. Las librerías de fondo desaparecen…
Se escribe por vocación y no por dinero. El escritor necesita escribir para seguir viviendo, para no morirse por dentro, pero también necesita una valoración social y una retribución justa, como cualquier otro trabajador.

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