Un año de mi vida

Esta es una presentación un poco atípica, verán: María y yo no somos amigas. Lo vamos a ser, seguro, pero todavía no lo somos. ¿Y a qué viene esto?, dirán ustedes. Pues es que lo normal es que un autor, para presentar su libro, recurra a un amiguete. Porque sabes que el amigo te va a tratar fenomenal y solo te va a echar flores: te aseguras el éxito. En este caso, María arriesgó: ella y yo nos conocemos, sí, pero por nuestros respectivos trabajos. Personalmente apenas hemos tenido relación. Lo que sí ocurre es que nos respetamos por lo que hacemos profesionalmente; y eso, para mí, tiene un valor especial a la hora de que María me haya elegido para presentar su libro. Me honra, por supuesto, y la honra a ella porque, insisto, arriesgó: no sabía si su libro me iba a gustar o no, pero me otorgó una confianza de la que me siento orgullosa.
Dicho esto, he de decir rápidamente que el libro me gustó y que por eso estoy aquí. Soy garantía, por tanto, de una opinión desapasionada e imparcial. Lo único que he hecho es confirmar la opinión que tengo de María Dubón como escritora solvente, auténtica y, como se suele decir aunque suene a tópico, con una voz propia. Propia e interesante.
María sabe comunicar, sus palabras "llegan". Esa es, para mí, la base fundamental que caracteriza a todo buen escritor. Para seguir haciendo de esta presentación un evento un tanto atípico, no voy a explayarme ante ustedes con una exposición al modo de los críticos literarios, que suelen detallar las influencias o conexiones con otros autores a la hora de analizar el libro que se presenta. Solo pretendo, como lectora, como persona a la que le gusta disfrutar leyendo, evocar algunos aspectos que les inviten a ustedes también a leer, a introducirse en la vida y peripecias de este personaje que María retrata en su novela, contándonos un año de su vida.
Este personaje se llama Daniel y su relato se inicia una mañana en la que se levanta, soñoliento, lanzado de la cama por un despertador que "atruena como un martillo neumático", y descubre ante el espejo no solo sus ojeras, sino, con sorpresa, la primera cana en su cabello, concretamente en la sien derecha. Daniel se siente entonces "viejo, terriblemente decrépito y cansado". Oímos su voz interior que se replantea una especie de balance, una situación vital en la que el protagonista se siente ahogado por la soledad, como consecuencia de un episodio de su pasado reciente que rompió su familia y lo alejó de su pequeña hija, y en la que, para él, "la felicidad y la alegría de vivir han quedado atrapadas en el pasado". Odia su trabajo, al que llama "nido de víboras", y tiene un paralizante miedo al futuro.
Pero Daniel es un personaje complejo. Incoherente a veces, digno y valiente otras, decidido a no dejarse vencer pese a todo, aunque sea tropezando y cometiendo nuevos errores. Sueña con rehacer su vida, con recuperar a su hija, con tener una mujer, una compañera de vida con la que sentirse pleno. Escribe, anhela volcar sus sentimientos, ideas, sensaciones o emociones, recuerdos y obsesiones en una historia vívida, conmovedora, que le permita trascender una realidad con la que se siente profundamente a disgusto.
"Algún día la literatura me rescatará", "yo sí tengo ilusiones", afirma.
Daniel dice que se siente viejo y decrépito pero sueña con el mar, con la felicidad, con la plenitud. No se resigna, pese a todo, a tirar la toalla y a conformarse con una vida que la sociedad nos empuja, a él y a todos, a aceptar: no quiere un pequeño trabajo que le sirva para vivir, no se conforma; no quiere una relación estándar con una compañera "de manual de autoayuda", no quiere una vidita ordenadita con sueñecitos de bolsillo. Sale a la calle a corazón abierto en una búsqueda constante porque, aunque no lo reconozca, confía en la vida. Tropieza, cae, vuelve a cometer errores, se levanta, lo intenta de nuevo: lo intenta incluso al margen de lo que le dicta su cabeza, de toda racionalidad, de todo lo que sería coherente y socialmente aceptable. Cree, por encima de todo, en el amor, en la pasión por la vida.
Tiene, además, un humor ácido y socarrón, muy aragonés, que le lleva a poner en solfa las pequeñas miserias cotidianas. Se ríe de su nevera, por ejemplo:
"Abro el frigorífico y descubro la patética soledad en la que se hallan dos huevos, posiblemente antediluvianos, y recupero un chusco de pan que dormía el sueño de los siglos en el fondo del armario. En un poco de aceite con olor a restos de misteriosas fritangas frío los huevos y después los coloco desparramados en un plato. El pan solo sirve para romperse los dientes, de manera que lo dejo a un lado y me concentro en los huevos".
Daniel es un agudo observador capaz de captar con sutileza los pequeños detalles reveladores de la forma de ser íntima de una mujer, y también las mezquindades maquilladas o abiertamente directas de sus compañeros de trabajo, reveladoras, en este caso, de un alma vacía que le horroriza y asquea profundamente. Vemos desfilar más personajes: está su vecino, Ángel, una persona amable y buena en la que poder confiar, aunque para ello Daniel tendrá que vencer sus prejuicios sobre la homosexualidad; está su familia, que lo arropa en las breves estancias en las que él puede acudir a Zaragoza, en la que se cobija como si se escondiera bajo las alas de una gallina clueca en el nido, cuyo calor añora; está su antigua mujer, que le odia, y su pequeña hija, con la que esta última le hace chantaje; y están, en fin, dos mujeres más, Lara y Pili, que son para él una tabla de salvación. O, bueno, DOS tablas de salvación, lo que, en realidad, no deja de ser otro problema...
Y hasta aquí puedo leer, como diría Mayra Gómez Kemp o, para los más mayores, Kiko Ledgard. No les voy a desvelar nada más, no les cuento la trama ni cómo se desenvuelve la historia. Solo diré que el desenlace se produce en este mismo hotel en el que estamos, en un episodio que yo terminé de leer con el corazón al galope.
En la novela de María desfila la vida con una buena dosis de pasión. Hay episodios de sexo, a veces suave y otras tórrido, hay grandes emociones, hay sentimientos devastadores que nos hacen adentrarnos bajo la piel del protagonista y que se nos llevan con él. Hay pasajes con mucha retranca y hay, para mí, distintos pivotes en los que apoyarse para darnos la vuelta como un calcetín, mirar a nuestro alrededor, mirarnos hacia adentro y pensar. Y reflexionar. Y apostar por vivir intensamente.
*Texto leído por Marisancho Menjón, que actuó como presentadora de la novela "Un año de mi vida".

Comentarios