Cuatro años



Lo comprendió hace tiempo. Cuando su relación llegó a los cuatro años. La concesión. El plazo acabó. Entonces vio claro que se había equivocado. Otra vez. Cada cuatro años su vida terminaba y volvía comenzar con nuevas expectativas, hacia el mismo destino.
Cuatro años era el margen que le daba a la vida para cambiarse, pero repetía los mismos errores una y otra vez, como si no supiera o no pudiera modificar ese fatídico desenlace que la colocaba siempre al borde del abismo.
El precipicio se le presentaba cada cuatro años y ella se despeñaba hacía el vacío consciente del riesgo que entrañaban las nuevas heridas, que se sumarían a las cicatrices anteriores y que la iban recubriendo de una costra de quelonio. Capas grises de indiferencia.
Nuca supo cómo vivir. Buscó fórmulas, manuales, escuchó, aprendió, pero no adquirió la habilidad de existir. Se camuflaba bajo ese disfraz que la hacía invisible para sí misma y la convertía ante los demás en una figura brillante y luminosa.
Nadie percibía su interior opaco, reseca la sangre derramada, hediendo a óxido y muerte.
No, nunca supo cómo vivir. De ahí tanto ensayo, tanto remedo, tanta farsa. Concentrada en encontrar la alquimia que convirtiera el plomo de su alma en reluciente oro, mezclaba ingredientes segura de acertar, de equivocarse una vez más.
Su imagen difusa la fuerza a ponerse ante el espejo esperando hallar el reflejo de sí misma, pero al otro lado del azogue no hay nadie, tan solo una mancha que varía, según el día, en forma y color, pero una mancha al fin y al cabo.
Sabe que se irá, que se fugará también de este escenario en el que su personaje recita de memoria palabras que no siente y que no son suyas.
El cuarto año ha terminado.

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