A mano o a máquina

¿Será el siglo XX la palestra histórica donde se ventile decisivamente la lid entre la pluma o la máquina? Hasta ahora se reparten el campo, y todo cabal ciudadano de los Estados Unidos que debe ejercitar la escritura, no soñaría en echarse a viajar por esos mundos ni desasistido de su maquinilla ni sin un bolsillo bien lleno de su batería de plumas estilográficas. Allá el porvenir que decida: lo que a nosotros nos toca es la medida en que pueda resonar sobre la carta y el arte epistolar esa latente guerra entre la punta de acero y el teclado de las hijas de Cadmo.
El primer argumento que se alega en pro de la máquina proviene del connubio de dos poderosos amores del hombre moderno: amor a la facilidad y amor a la prisa. Carta escrita a máquina se lee en menos tiempo y sin ninguna pena. Si el propósito del que escribe es que el destinatario no gaste minutos ni atención al leerle, la máquina tiene ganada la partida. De ahí sale algo ya evidente: el justo título de la máquina al dominio de todo un enorme campo de correspondencia, el comercial. Concédasele sin disputa, por aquello que “a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.
Pero a Dios hay que reservarle su parte, la mejor. ¿Qué ocurrirá cuando se intente usar la máquina para una carta originada en el puro deseo de comunicación personal, intelectual y afectiva con otro ser? Es decir, ¿cumple apresurarse en actividad tan grata, para el uno como para el otro, amenguar el goce que los dos personajes de la carta encuentran en ella?
Tanto pluma como máquina trazan letras; las dos llenan el papel de signos incluidos en un alfabeto idéntico. Y sin embargo la distancia entre la persona y los caracteres trazados es inconmensurablemente mayor en la escritura a máquina. Lo escrito mecánicamente se presenta como algo imposible de relacionar con el modo de ser del que escribe. Cada cual tiene su letra, la suya, cuando escribe a mano; en la mecanografía ninguno la tiene, todas son de prestado. Esas diferencias entre letra y letra no son insignificantes: significan a las respectivas personas, están en misteriosa y honda relación con sus personales rasgos de carácter. La letra es un carácter —marca, señal, en griego— y por lo tanto distingue a un ser, le diferencia de los otros. En la máquina queda abolida esa maravilla de la humanidad: que siendo todos iguales todos nos distingamos, y de ese distinguirse nazcan hermosas formas de relación con nuestros prójimos.
Pedro SALINAS, El defensor (1948) (apud Álvarez 1994: 28-29)

Comentarios