Barbaridades escritas


Los correctores de textos fueron los primeros en irse al paro cuando llegó la crisis. Por eso en los medios vemos escritas tantas burradas.
Cuando estaba aprendiendo a escribir, la profesora nos ponía como deberes copiar un párrafo del diario. Cada tarde al llegar a casa buscaba el párrafo más corto que hubiera en el periódico y copiaba aquellas palabras segura de que eran palabra de dios, sin errores ortográficos, de gramática o sintaxis y redactados con un estilo impecable. Si los escolares de hoy tuvieran que realizar esta tarea, aprenderían a escribir barbaridades.
Hasta hace unos pocos años, cada publicación que salía a la calle había sido revisada por uno o varios correctores, y eso se notaba. Pero ahora parece que esos profesionales son prescindibles y las erratas campan a sus anchas, sin nadie que las elimine.
Las erratas, escritas en mayúsculas y negritas, provocan el sonrojo ajeno y causan una pésima impresión sobre el medio que ha permitido que se le colasen. Sin correctores y trabajando a toda prisa en aras de la inmediatez, los descuidos están a la orden del día. Convendría tomarse en serio la corrección, porque ya no se trata solo de la ortografía, sino del estilo, poco claro, que abunda en los medios digitales. Y también resulta imprescindible que el lector entienda lo que lee.

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