La rosa

La rosa estaba muy enfadada. Detestaba a los enamorados, abominaba de esos días marcados en el calendario de la floristería con un histriónico color rojo. No soportaba las narices que aspiraban sus pétalos y se estremecía cuando una mano la cogía por la corola para esquivar sus espinas.
Para colmo, se hacía vieja. No es que ella deseara vivir por siempre. La rosa se sabía mortal, era consciente de que el tiempo y las inclemencias ambientales terminarían con ella. Había sido la reina del invernadero y ahora su hermosura declinaba. Todos sus átomos temblaban al pensar que tras ella vendrían otras, más bellas y más puras, que la reemplazarían.

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