Hace calor

Ilustración: Raquel Feria Legrand 
Hace calor, la mente se abotaga y pierde su capacidad de pensar. El instinto de supervivencia anula otras facultades y se centra en el objetivo vital de hallar un lugar donde el sol no condene a la evaporación.

Escribir exige ciertas condiciones ambientales, un entorno propicio y que es distinto para cada autor. Se puede escribir con ruido y con silencio, a mano o a máquina, aquí y allí, pero no hay quien hilvane una frase coherente cuando la temperatura excede los 37 ºC. La memoria recuerda que en la nevera hay una botella de horchata fría y pierdes la concentración. Casi aprecias su sabor invadiendo lentamente la boca cuando abres el frigo y sientes ese golpe refrescante que invita a quedarse ahí, frente al portal del cielo. Viertes el líquido delicioso en un vaso y para cuando te lo acercas a los labios, hierve.

Vuelta a la mesa de trabajo con la frustración de haber fracasado en ese intento por amortiguar la canícula. El bar de la esquina tiene aire acondicionado, pero nadie te asegura que llegues vivo a destino porque antes debes atravesar el fuego del infierno. El ordenador también desprende calor, que suma unas décimas. La cama te susurra que vayas, que te acuestes y descanses hasta que pase lo peor. La tentación es poderosa. Tirarse como una colilla sobre las sábanas o ponerse bajo la ducha. Tremenda elección. Lástima que el ordenador no sea sumergible ni sepa nadar.

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