Alcohol y tinta

Según Bukowski, la cosa más sensata que una persona puede hacer es estar sentada con una copa en la mano. Estar sentado escribiendo un libro tampoco es una mala opción, y hay escritores que han pasado a la historia por combinar ambas aficiones: libros y copas.

Vargas Llosa
El chilcano: pisco, limón y soda moja las letras de Conversación en La Catedral desde el comienzo. La tercera novela de Vargas Llosa transcurre en el bar La Catedral. Un bar de pobres donde, entre chilcanos y cervezas, los personajes desgranan la vida en el Perú del dictador Manuel Arturo Odría, mientras Santiago Zavala no halla respuesta a su pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú?

Scott Fitzgerald 
Primero tomas un trago, luego el trago toma otro trago, luego el trago te toma a ti. Francis Scott Fitzgerald se bebía cualquier cosa que tuviera alcohol. La vida le ofreció todo lo que puede regalarle a un hombre: talento y éxito, pero todo se disolvió en alcohol. El gran Gastby se gestó así, a golpe de gintónic. La obra maestra es una denuncia de los locos años 20 norteamericanos. Transcurre a ritmo de jazz, en fiestas que no acaban nunca. Prosperidad y decadencia, lujo, mafias… Jay Gastby se convirtió así en mito del idealismo y la ambición.

Raymond Carver
Raymond Carver sufrió en sus carnes los estragos del alcohol. Pero, ironías del destino, cuando llevaba diez años sin beber, un cáncer lo fulminó. Maestro del relato y la frase sucinta, de una prosa demoledora, tuvo el privilegio de vivir dos vidas, como él mismo decía. La primera dura y difícil, marcada por el alcoholismo, la pobreza y los cambios de una ciudad a otra buscando un empleo estable. Por suerte ya había descubierto su válvula de escape: la poesía. Entre tropiezos y copas descubre a Hemingway y a Chéjov; conoce a su editor, Gordon Lish, y a sus mejores amigos, Cheever, Tobias Wolff y Richard Ford; forja su estilo, sobrio, preciso, brutal, impecable; perfila sus relatos desnudos y a sus personajes, unos perdedores de manual que se destruyen mientras beben, juegan o matan.
Corrigió incansable De qué hablamos cuando hablamos de amor hasta la saciedad, perfeccionando hasta el virtuosismo ese estilo minimalista que lo convirtió en escritor de culto.

Ernest Hemingway
Hemingway tenía preferencia por el güisqui y la absenta, hasta que llegó a Cuba y descubrió el mojito y el daiquiri. Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita, escribió en las paredes de uno de los locales. Dos medidas de ron blanco puro, un punto de lima y hielo picado, y el placer estaba servido. El viejo y el mar se creó durante aquellos días en la Finca Vigía y le hizo ganar el Pulitzer.

Tennessee Williams
Tennesse era fan del gin fizz: ginebra, limón, lima, sirope, clara de huevo, flor de naranjo, agua y crema. El rey del teatro norteamericano del siglo XX murió devastado por el alcohol. Fue en febrero del 83. En un hotel de Nueva York. Atiborrado de bourbon, barbitúricos y fracasos. Porque al que fue el dramaturgo más venerado de los 50, 60 y 70, lo fulminó una crítica despiadada e injusta que no fue capaz de superar.
Los personajes atormentados que habitan sus páginas parecen sacados de un manicomio: borrachos, tullidos, perdedores… Pero proceden de su propia experiencia, de una infancia complicada y una adolescencia marcada por la homosexualidad. Tennessee emborrachaba a sus demonios y los vomitaba en el papel con un desgarro inusual, o sobre tranvías llamados deseo o sobre tejados de zinc sobre los que caminaba una insinuante gata.

Marguerite Duras
Sartre le dijo que escribía mal, y se equivocaba. Es que Duras escribe distinto, su fuerza literaria reside en el sonido del lenguaje y el de su mundo, ese universo atormentado que nutría sus palabras. El Campari mezclado con ginebra, hacía lo demás.
Sus palabras saben a sufrimiento, a humedad estival en Saigón, a salvaje pasión compartida con El amante. Quién sabe si escrito entre las brumas de negroni o gracias a su innegable temperamento y genialidad. Poco importa. La novela es un alegato al deseo que se desborda torrencialmente al ritmo único de Duras. Quienes lo han leído, no lo olvidan.

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