Graham Greene

Si el oficio de escritor representara solo un medio de ganarse la vida, no se escribiría nada. Sin la ambición de ser un buen escritor, no se viviría.

Graham Greene (Berkhamsted, Reino Unido, 2 de octubre de 1904 -Vevey, Suiza, 3 de abril de 1991) nació en una familia de clase alta, su padre era subdirector del colegio Berkhamsted, centro en el que él estudió como interno y en el cual vivió algunos de los peores momentos de su existencia. Su experiencia en este colegio resultó tan dura que intentó suicidarse en varias ocasiones. Necesitó seis meses de psicoterapia en Londres para recuperarse y regresó al colegio, pero esta vez como alumno externo.

Su primera obra publicada fue de poesía, siendo estudiante, y no tuvo buena acogida. Comenzó a trabajar como periodista en el Notingham y el Times, ocupación que abandonó al publicar en 1929 su primera novela: Historia de una cobardía, que obtuvo notable éxito. A lo largo de su vida, Greene compaginó la literatura con colaboraciones en la prensa, uno de sus artículos más recordados, el que cuestiona el papel de Shirley Temple en Wee Willie Winkie, está considerado como el primer artículo en el que se cuestiona el trabajo de los niños en el cine.

Novelista, dramaturgo, guionista, periodista,  crítico de cine y teatro, Graham Greene es autor de un buen número de novelas de gran calidad literaria, entre las cuales destacan: El poder y la gloriaEl cónsul honorario, Nuestro hombre en La HabanaEl fin de la aventuraEl factor humanoEl ministerio del miedoMonseñor Quijote y El americano impasible.

Existe una frontera casi imperceptible que separa al autor de sus obras. Huidizo, misterioso y con un humor cáustico, Greene estaba a la altura de cualquiera de sus personajes. Se convirtió  al catolicismo en la madurez, fue espía, apoyó tácita y personalmente a las revoluciones que se produjeron en el siglo XX, y lo mismo visitó las leproserías de África que los prostíbulos de cualquier parte del mundo. Su apego a los placeres se contrapone con las vivencias de sus personajes, atrapados en dudas metafísicas, crisis de fe o en existencias moralmente miserables aunque indiscutiblemente humanas.

A Greene no le agradaban las entrevistas periodísticas, ya fueran de medios gráficos o de la televisión, a la que se sentía orgulloso de no pertenecer. Escribió sólidas obras de teatro, admirables guiones cinematográficos, como El tercer hombre, en el que adaptó su novela homónima publicada en 1950, e incluso se permitió una fugaz aparición como actor en La noche americana, de François Truffaut.

Dueño de una prosa contundente y amena, que obvia las descripciones innecesarias, diseña unos personajes complejos y atractivos. De sus libros se vendieron millones de ejemplares, aun así Graham Greene nunca se engañó: «Si se quiere escribir, es absolutamente necesario establecer una cantidad de pequeños hábitos. (…) Escribir debe convertirse en una rutina en sí. Cuando trabajo seriamente en un libro, comienzo muy temprano por la mañana, alrededor de las 7 u 8, antes de haberme afeitado, tomado un baño, leído la correspondencia o cualquier otra cosa, porque si tuviera que esperar lo que la gente llama inspiración no se escribiría una palabra».

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