26 de febrero de 2017

Faro de las Ballenas. Isla de Ré (Francia). Foto: Michel Griffon

La noche fue una lucha contra el mar para arrancarle una docena de peces con los que poder subsistir. Tentado estuvo de acostarse entre las olas y dejar que la marea cercara su cuello de espuma hasta la asfixia. La Luna le miraba desde su reino negro. Solo, abrazado al último recuerdo de ese adiós que pulverizó su alma en millones de esquirlas. El faro le lanzó cuatro guiños blancos. Cómplice de su dolor, le advertía del peligro. Vuelve, le gritaron las sirenas. Vuelve. Una mano de plata se posó sobre el timón y puso rumbo a casa, a Ré. Desembarcó la exigua carga en el muelle y regaló el pescado a cambio de una ración de alcohol que finiquitase aquella noche sin fin, su vida varada. No se molestó en recoger la moneda que alguien le tiró para cumplir con la tradición. Empezó a beber en un rincón de la barra hasta que escuchó ese canto agudo y armonioso que provenía de las profundidades del océano. Recordó sus ojos, aquella mirada de súplica, la sangre tiñendo el agua, el llanto de aquel ballenato que perdía a su madre y el arponazo que le convirtió en asesino.

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