De la pluma a la estilográfica

Portaplumas de bronce y vidrio, 1905. Diseño de Louis Comfort Tiffany para Tiffany Studios

La pluma de ave fue un instrumento de escritura ya en la Antigüedad, algunos testimonios datan este útil alrededor del año 550 después de Cristo. Hasta entonces, se habían probado diversos artilugios con punta: «stylus». Se utilizaron cañas muy finas, a las que se les afilaba un extremo, y a partir del siglo VI, las plumas de aves ganaron adeptos y pasaron a dar nombre al instrumento: pluma «pen». No era la mejor opción para escribir, pues su fragilidad propiciaba un rápido desgaste y era preciso afilarla con frecuencia. De esta necesidad nació el cortaplumas, una pequeña cuchilla destinada a tal fin.

La fabricación de una pluma metálica fue el siguiente intento por perfeccionar esta herramienta de escritura. Dentro de un delgado tubo se colocaba una punta, de esta forma el mango y la punta formaban una sola pieza. Luego el mango se separó, pasando a estar elaborado con distintos materiales: cristal, madera, cobre, nácar, oro, marfil… Se atribuye a Samuel Harrison la fabricación de los primeros plumines, hacia el año 1737. Otros datos dan cuenta de plumas metálicas realizadas en Francia, alrededor de 1748.

En 1822, las plumas dejaron de ser un producto artesanal y pasaron a fabricarse en las plantas de acero inglesas, permitiendo su difusión. Birmingham fue el centro mundial de la fabricación, a finales de la centuria se producían un billón de unidades anuales y más de 400 modelos de plumines metálicos.

La pluma metálica tenía la desventaja de ser demasiado rígida para los gustos de quienes usaban la de ave. La solución llegó con la incorporación del oro a la fabricación de los plumines, a los que se añadió una pequeña bola de iridio que aportaba flexibilidad y permitía un trazo suave. En el siglo XX, aparecen los plumines de acero, con un precio notablemente inferior, pero que se deterioraban fácilmente en contacto con las tintas usadas entonces. También se usó el vidrio de Murano, con el que se realizaban unas puntas en espiral para alojar la tinta, pero era un material demasiado rígido y no se popularizó su uso.

Para facilitar la escritura, se ideó una forma de incorporar a la pluma su propio depósito de tinta y de esta manera evitar los inconvenientes del uso del tintero. Los prototipos consiguieron un flujo irregular de tinta, que podían dejar de escribir o soltar demasiada tinta provocando un borrón. En 1883, Lewis Edson Waterman patentó un sistema de alimentación que permitía un flujo controlado de tinta sobre el papel. El mecanismo equilibraba la presión dentro y fuera del depósito mediante tres fisuras en el canal alimentador, por las que el aire ascendía hasta el interior mientras la tinta salía por el plumín. Nacía la primera pluma estilográfica moderna, la Waterman's Ideal Fountain Pen. Mejorando el flujo de tinta, en 1894 George S. Parker patentó un nuevo alimentador, curvado en su extremo y que tocaba el interior del depósito, lo que permitía que el sobrante de tinta que quedaba en el plumín después de escribir fuera atraído por capilaridad hacia dentro de la pluma, impidiendo así las típicas manchas en los dedos al desenroscar el capuchón. El sistema se denominó Lucky Curve. Llegaría después la pluma recargable mediante un depósito de goma, luego un émbolo, hasta el actual cartucho de tinta, popularizado por Waterman.

Uno de problemas técnicos que quedaban por resolver era conseguir una tinta que secara con rapidez. Las que existían en los años treinta secaban por evaporación y era preciso recurrir al secante. Parker desarrolló una tinta de secado rápido que actuaba penetrando más en el papel. El problema de esta tinta era su alcalinidad, que atacaba el plumín y degradaba el depósito de goma.

Pese a los avances conseguidos, la estilográfica entró en declive durante los años 50 y 60 del pasado siglo. Apareció en el mercado un duro rival: el bolígrafo, patentado en 1938 por el húngaro Laszlo J. Biro. El bolígrafo logró avanzar lento, pero firme, convirtiéndose en el  instrumento de escritura más utilizado. Su fama estaba respaldada por su uso en los aviones de combate aliados de la Segunda Guerra Mundial, pues permitían escribir en unas condiciones de presión que las estilográficas no resistían.

A partir de los años 80, la estilográfica trasciende su carácter de instrumento de escritura y se convierte en un objeto de lujo que distingue a la persona que lo lleva. Con la proliferación de los nuevos instrumentos: bolígrafo, rotulador y roller, la pluma adquiere otro rango y confiere un estatus especial a su dueño.

Comentarios